jueves, 7 de junio de 2012

Capitulo 3, Loora



El cielo se estaba empezando a tornar de un rosa anaranjado, y la brisa nocturna comenzaba a azotar mi rostro. Tenía centrada toda mi atención en ir por el buen camino; volví la cabeza hacia atrás y vi a James galopando tras de mí, pero  por más que buscaba no veía a Sam. Paré en seco al caballo.
-¡James, para!-exclame-
-¿Qué ocurre?-pregunto James mientras reducía la marcha del caballo-
-Sam no está- respondí angustiada-
Emprendimos el viaje de regreso apresuradamente. James iba a la cabeza, comenzó a desenvainar la espada que llevaba en la espalda. Oí un relincho angustiado, era la yegua de Sam. Nos dirigimos hacia el lugar de donde procedía el ruido. Un montón de imágenes atroces comenzaron a formarse en mi mente, cerré los ojos con fuerza creyendo que así conseguiría que estas cesasen. Me decía a mi misma que no habría pasado nada que solo se había extraviado, pero sabía que si en verdad le había sucedido algo malo nunca se lo perdonaría, sería una de esas cosas que te atormentan toda la vida.
Los gemidos de la yegua cada vez se oían mas cerca, apremié la marcha adelantando a James.
-¡Loora, espera!-gritó James-
-¡No puedo, si le llegase a pasar algo nunca me lo perdonaría!-conteste jadeando-
-Yo tampoco me lo perdonaría se te pasase algo a ti-dijo James mientras me alcanzaba-
James tiró suavemente de las riendas de mi caballo para intentar detenerme, nuestras miradas se cruzaron brevemente pero intensamente, en sus ojos pude apreciar la angustia que sentía, pero  el grito del pobre animal me saco de mis pensamientos.
-Lo siento-dije mientras le besaba dulcemente-
Le asesté un fuerte golpe a mi caballo, este sobresaltado salió al galope como alma que lleva el diablo. Perdí de vista a James, tampoco llegaba a oír a la yegua de Sam. Estaba sola y parecía que todo el bosque se había callado; silencio, no me pareció un buen augurio. Un búho madrugador, ya que todavía no había anochecido, salió de su escondite rompiendo aquel silencio sobrenatural.
Intente agudizar mi oído pero nada ocurrió, parecía estar destinada a no encontrarle. La luz  rosada del atardecer del sol fue lentamente dejando paso a la luz blanquecina de la luna llena.
La noche era fría, me abrigue con una capa marrón que tenía guardada en una de las alforjas del caballo. Me quede embelesada ante la belleza de aquel paisaje, la luna llena me facilitaba mucho el camino iluminando todo con esa luz mortecina, el resoplar de mi caballo me devolvió a la realidad.
La yegua volvió a relinchar, reemprendí la búsqueda rápidamente para no volver a perder la pista. El ritmo de mi corazón se fue acelerando  a medida que me acercaba al lugar.
Al final encontré a la yegua de Sam, estaba tumbada sobre el suelo intentando levantarse  inútilmente ya que las riendas se habían enganchado en un arbusto. Descabalgué de mi caballo, y desenrede al pobre animal y le susurre suavemente al oído para tranquilizarla, se incorporó lentamente la deje atada a un árbol cercano junto mi caballo. Sam no podría andar muy lejos, a no ser que la yegua le hubiera abandonado a su suerte, temí lo peor.
El crujir de una rama hizo llamar mi atención, me dirigí al lugar del que procedía el sonido, no daba crédito a lo que mis ojos estaban viendo, Sam yacía tendido en el suelo a la sombra de un grueso árbol, un hilillo de sangre le corría por la frente, pero lo que realmente era extraño era el animal que se encontraba junto a él limpiándole la herida a lametazos, era un sable de las sombras. El animal al percibir mi presencia  volvió la cabeza para ver de qué se trataba, me miro fijamente con unos ojos  de un color amarillo intenso. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, el sable volvió  la cabeza hacia Sam y lanzo un aullido estremecedor y se marcho.  
Acune a Sam, tenerlo en mis brazos me reconfortaba. Lo cargué a duras penas sobre mi caballo y regresé tan rápido como pude para que Sam pudiera recibir atención médica. Cuando llegamos una enfermera regordeta salió a ayudarme.
-¡Por todos los dioses!-exclamó la mujer-¿Qué os a sucedido querida?-preguntó angustiada-
-Se ha dado un golpe en la cabeza al caerse del caballo-expliqué a la enfermera-
-Bueno, seguro que no es nada-dijo la enfermera- Pero ayúdame a llevarle al interior por favor-
A duras penas conseguimos llevarle a dentro, más bien le arrastramos.
-Ahora tienes que esperar fuera, porque le tenemos  dar un baño y examinarle la herida-dijo la enfermera mientras me acompañaba hasta la puerta-
Me senté en un banco que había en el exterior de la enfermería, el viento mecía las hojas  de un  de un gran  roble y el rocío comenzaba a formarse  sobre la  verde hierba. Las pequeñas luciérnagas que se movían por el cielo parecían estrellas moviéndose rápidamente, la espera se me hacia eterna. El quejido de una puerta que se  acababa de cerrar me hizo volver la  cabeza, pero no vi a nadie.
Una sombra se presento delante de mí, era James.
-Hola-dije mientras me levantaba-
No hubo respuesta, se debía haber enfadado conmigo. Me disponía a  acariciarle la cara, sabía que le encantaba, pero él me paró el brazo con fuerza.
-¿Estás loca?-preguntó irónicamente- Me tenías muy preocupado-
-Lo siento, es que…-me disculpé-
-No hace falta que te excuses, pero ¿no era yo el que hacia las cosas sin pensar?-dijo con una sonrisa burlona-
-Ya, pero  en ocasiones no tienes elección-dije aliviada-
-Perdona por haberme puesto así-dijo mientras me soltaba el brazo suavemente-
-No pasa nada-dije mientras me frotaba la parte del brazo que me acababa de  liberar-
-Pero ya sabes que a veces  me pongo  demasiado protector-dijo mientras una sonrisa comenzaba a formarse en el rostro-
-Me gusta que te preocupes por mi- le susurre al oído mientras le mordía ligeramente la oreja-
-Pero de nada sirve preocuparme  si no me haces caso-dijo mientras  me daba la mano-
Al entrar en contacto con su piel no recibí la sensación  cálida y dulce a la que estaba acostumbrada, en su lugar solo percibí oscuridad, un pozo oscuro sin fondo. Solté su mano en el acto.
-Te ocurre algo-murmuro-
-No,  es que me has dado un calambre-mentí-
-Ah, bueno si solo es eso-rió- Me tengo que ir-
Los dos nos unimos en  un largo abrazo que  lo único que consiguió fue asustarme mas ya que me sumió en las tinieblas y un  miedo atroz comenzó a recorrer mi cuerpo. Nos separamos, él me miró intensamente a los ojos y yo intenté no mostrar ni un ápice de lo que estaba sintiendo. Se  dio la vuelta y a medida que andaba se fue desvaneciendo poco a poco.
Caí rendida al banco  y no sabía porque  comencé a llorar  como una magdalena. La puerta de la enfermería volvió a abrirse pero esta vez salió la enfermera  que me había atendido.
-Señorita, ya puede pasar-gritó la mujer-
Me levante rápidamente para no hacer esperar a la pobre mujer que me estaba sujetando la puerta. En cuanto crucé el umbral de la puerta me condujo  hacia la habitación de Sam.
-Hasta mañana no creo que despierte-murmuró la enfermera-
-De acuerdo-murmuré mientras asentía-
-Tenga un poco de caldo caliente para entrar en calor, que las noches son muy frías-dijo ofreciéndome un humeante cuenco de caldo del que salía un olor delicioso-
-Muchas gracias-agradecí mientras lo tomaba con mis manos-
En seguida  el caldo me ayudo a entrar en calor, me lo acabe antes de lo que había pensado, ahora que lo recordó no había cenado. Agarré la mano  de Sam con fuerza, me produjo una sensación totalmente contraria  que James, me reconfortaba parecía que me quitaba todos los males de encima.
Esa noche no tuve pesadillas  y en todo momento estuve unida a Sam.