lunes, 13 de agosto de 2012

Capitulo 5, Loora


Despierta. Maldita sea, la espalda me duele de una manera horrible. Me enderezo, y entiendo porque. No estoy dormida en la mullida y aburrida cama de siempre, sino en una butaca. Intento asimilar cuales fueron las últimas imágenes que surcaron mi mente antes de caer rendida en este montón de tela y madera carcomida por los años.
Recuerdo a Sam. “¡Oh, Sam! Es verdad, le trajimos a la enfermería” Abrí los ojos por completo. Allí estaba Sam, adormecido bajo la tenuidad de una vela. Su pelo relucía ante la luz de esta, dándole un aspecto cobrizo. Sonreí. Ahora parecía un niño adormilado, soñando con la maqueta del helicóptero nuevo que su padre le traerá cuando llegue de trabajar, y que probaran juntos en la parte de atrás del jardín. O imaginando que navega por mares del color de los zafiros. O pisando la superficie lunar, al grito de “¡Houston, no hay ningún problema!”
Reí. “El seguramente soñó con eso de pequeño”, dije para mis adentros, al tiempo que la envidia se hacia un huequecito al lado de las imágenes tiernas de mi cabeza. Si, envidia sana. Me lo imagino volviendo hacia el mundo real, despedazándose de los resto de pereza al acabar de levantarse y pensando: “Valla, que sueño más raro”. Y en ese momento se levantaría de la cama de un salto, cogería ropa limpia y se dispondría a darse una ducha. Y después de aquella bruma energizante bajaría a la cocina, donde le esperaría su padre, su madre, ¿Quizá algún hermano? Posiblemente, mientras desayunan tranquilamente comentando como les ira el día.
“Chico afortunado”. “Del montón” diría la gente normal. Olvidaba que yo no estaba incluida en ese grupo de personas.
Mi infancia, por llamarla de alguna manera, se reducía a despertarme todos los días y ver el blanco y tosco techo del orfanato para chicas de Hopeland. “El que escribió el nombre debía de tener el día bromista” sugirió mi subconsciente. Dormía en una incómoda cama de barrotes rojos, rellena por una sabana de color crudo. A los pies de esta colgaba un cartelito sujeto por dos pequeñas cuerdecitas en la barra rojiza. Recuerdo que las noches en las que no podía dormir me gustaba pegarle pataditas y ver como se giraba para acto seguido leer mi nombre: “Loora”
Me gustaba. Me sentía diferente. “No, no era Marie, con esas rubias trenzas de adorno a los iris del color del ópalo. Y tampoco era Helen, con una melenita y sonrisa dulce que derretía a cualquier mujer adulta. No. Yo era Loora. La pequeña niña de pelo negro, con la tez pálida y de perspicaces ojos a la que le gustaría vivir en una casa sin tejado para poder admirar el cielo a todas horas e ir dibujando siluetas en las nubes. Y cada vez que lloviera, sentir los regueros que formaba  los cristales de lluvia en todo el cuerpo. Y tener un caballo, no un unicornio rosa y morado con más purpurina que los polvos de Campanilla, no. Quería un pura sangre, un caballo fuerte y que no se agotara nunca, que pudiera andar velozmente sobre dunas, guijarros y cualquier cosa que se pusiera bajo sus amenazantes patas. Y vivir aventuras y aventuras… El resto de las chicas anhelaba ser princesa, vivir en una gran torre de piedra y mármol, custodiadas por un terrible dragón y esperando a que su príncipe encantador/Ken de la Barbie menos afeminado y con unos cuantos asteroides de más derrotara aquel terrible monstruo y subiera por las escaleras, abriera la puerta de par en par, y diciendo a su princesa que ya estaría a salvo, y que por qué no, ya que están, casarse y comer perdices felizmente el resto de su vida. Si, asqueroso.”
Recordar todo esto me producía náuseas. “No, Loora tampoco era de ese tipo de chicas.  Loora seria princesa, por supuesto. Pero no así. Loora derrotaría al monstruo, se llevaría su cabeza como trofeo. Llegaría al castillo donde viven sus padres, o los pobres reyes que han encerrado a su hijita en una torre alta para que no vea el mundo, no conozca nada. Y que encima te lleven un tipo medio majara, luchando con una bestia, que no te ha visto en toda su vida pero que pelea por tener un estatus soc…. Perdón, por estar a tu lado. Y porque te quiere, muchísimo, a ti y a tus billetes. Pero oye, mama y papá lo hacen porque se preocupan por ti, tú tranquila. Pero no, a mi no me tranquilizaría, me plantaría enfrente de ellos y les diría: “Buenos días. Vengo a por mi libertad. Gracias y adiós” Y conseguiría un caballo, si, uno negro. Iría galopando a su lomo por el prado teñido de verde y salpicado de amapolas. El viento rozaría mi cara, y yo sonreiría gloriosa, y me diría a mi misma: -Buen trabajo Loora, estas lista para comerte el mundo cada mañana”
Sonrió al recordar todo esto. “Si, puedes comerte el mundo, pero también puedes atragantarte con el…”
Y sigo recordando a la pequeña muchacha llena adrenalina, lista para vivir aventuras cada mañana. Recuerdo todos los días en aquel lugar, siempre dando clase a la misma hora, vestidas con aquel pichi verde marengo y un polo blanco. Aprendiendo nuevas cosas con la misma profesora de siempre, y sentada en aquella silla de madera, esperando impaciente a que sonara el timbre para “bajar al patio”. Y ahí es cuando yo salía deprisa, y me escondía detrás de una columna, esperando a que el resto de la clase bajara. Y cuando no quedaba ni un alma, corría hacia mi habitación, cogía la manta de mi cama  y me la anudaba al cuello mientras bajaba tozudamente hacia el aula. Y allí estaba yo, haciendo que planeaba entra las mesas,  corriendo de un lado a otro, y notando que mientras cogía velocidad, la manta se separaba poco a poco de mi espalda. Me sentía bien ¿Qué narices? Me sentía como Superman. Y reía y reía sin parar. Era mi pequeño secreto.
Pero esa felicidad fue efímera. Y la vida me enseño a madurar, a base de golpes bajos.
Recuerdo las reuniones, en las que un hombre y una mujer mayores, felizmente recién casados y a punto de empezar una nueva vida juntos, nos observaban de reojo con una sonrisa en la cara. Algunos bromeaban y decían: “¿De verdad que solo podemos llevarnos una?”, mientras aquella pareja reía sin parar. Me gustaban sus risas. Me imaginaba en navidad, con aquella familia esperando ansiosa abrir los regalos mientras ellos dibujaban una sonrisa al compás de la mía. Y claro, llegaba el momento de elegir a la candidata, la nueva señorita, la nueva incorporación a la familia.  Y empezaban a andar, enfrente de aquella fila montada por unas pequeñas niñas en perfecta posición. Y llegaba el momento, pasaban delante de mí, mi respiración  se entrecortaba y notaba como aquellos señores… seguían andando con el paso al frente, hasta parase  frente a una niña como Marie, o como Helen. Siempre me preguntaba porque no se paraban delante de mí, y mi corazón decía que era porque no eran los adecuados. Así pasaron unos meses, cada semana la misma historia. Pero un día, lo recuerdo perfectamente, un joven de pelo dorado y ojos marrones, acompañado por su mujer, una bella joven de pelo castaño y ojos azules del color del cielo, entraron en nuestra sala de reuniones.
La dulce pareja nos sonreía, y un gesto tierno se aparecía por su cara cada vez que nos miraban. Y entonces empezó el angustioso y lento paseo frente a nuestra fila.
Me habían hecho una trenza hacia un lado. No me gustaba nada. Mi pelo se salía entre los cabos de aquel peinado. Empecé  a peinarla despacio hacia abajo, intentando que quedara más en su sitio, cuando de repente miré hacia arriba y me encontré con esos ojos lascivos mirándome.
El joven, de la mano con su mujer, y andando lentamente, escrutaba con sus ojos lo que estaba haciendo. Al ver que yo le miraba, empezó a sonreír, y mi sangre se congeló, formando unos puntiagudos cristales debajo de mi piel, y haciéndome sentir un leve hormigueo. Y mientras aquel hombre seguía con su mirada sosteniendo la mía andando lentamente, el tiempo y todo lo que había a nuestro alrededor se congelo, al igual que mi sangre.
Mi mente empezó a trabajar por mí. Vi a ese hombre, volviendo del trabajo, esperándome para que le abrazara. Le vi también en halloween, dibujando caras espeluznantes en aquellas calabazas. Y por mi cumpleaños, esperando a ver como su hijita abre y juega con su nueva Barbie. También le vi leyéndome un cuento, dándome las buenas noches junto a un fugaz beso plantado en mi frente.
Vi esas imágenes y me sentí feliz, muy feliz. Y el tiempo comenzó otra vez a acelerar, y yo empecé a mirar a aquel hombre con una sonrisa de oreja a oreja que casi me parte la cara en dos. Empezaron a avanzar, y el hombre no dejaba de mirarme.” Por fin”, pensé. Pero de repente, su mujer, que iba justo detrás de él, empezó a tirar de su antebrazo, haciendo que mi futuro padre se girase en su dirección.
Y allí se repetía la misma historia, se plantaban enfrente de una niña como Marie y como Helen, empezaban a jugar y a hablar con ella, provocando que a la pequeña se le escaparan leves sonrisitas de felicidad. Y a partir de ahí quedaban inocentemente hechizados, cogían a su nueva adquisición en volandas y la llevaban lejos de aquí, hacia la libertad. Y como no, yo me quedaba paralizada. Mi corazón lloraba y se quedaba sumido en tinieblas… “Estuvo muy cerca, ¿Por qué, porque?” Le oía decir entre sollozos. Y esta vez, el que se pronuncio fue mi cerebro: “Ellas son mejores que tu, idiota”
Y a partir de ahí empezó la agonía. Pase de estar con las niñas de 6 años, a las de 7, 8 y así sucesivamente hasta los 16. Todos los días eran iguales. Lo único que cambio fue mi pequeño secreto, ya no me gustaba ser una heroína que deambulaba entre mesas de madera salvando a pequeñas figuritas de plástico. No. Ahora a Loora le gustaría tener a unos padres atentos, que la esperasen al volver a casa con los brazos abiertos, que la regañaran por una par de suspensos. Ese era su sueño ahora.
Y el tiempo pasó volando, y el viento se llevo las esperanzas. Pero entonces sucedió.
Me desperté en aquel extraño mundo, asustada. No tenía ni idea de que era aquello. Y encontré a Myrna y a James. Y automáticamente la tormenta dio paso a un maravilloso cielo azul, desteñido con pequeñas y esponjosas nubes blancas, y coronado por un maravilloso arcoíris. Ellos son todo lo que tengo, a lo que de verdad puedo llamar familia.
Myrna me enseño lo referente a las armas y a como proseguir mi don. Y una tarde, en la que James, aquel chico rubio y callado que me miraba con un iris violáceo y protector, lo descubrí. Vi a James, junto a mí en un prado con una suave hierba llena de rocío. Y también me vi, apoyada en su pecho disfrutando de la apacible brisa rozando mi cara y riendo como una niña pequeña. Me veía feliz a su lado… cuando las imágenes desaparecieron de mi cabeza. No, no eran imaginaciones. Me asuste, porque parecía como si hubieran conectado un proyector en mi cerebro. Y las visiones seguían y seguían caminando entre los nubarrones negros de mi subconsciente.
Asustada, se lo confesé a Myrna. Me explico que ese era mi don, ver el futuro. Poco a poco empecé a aceptarlo y ver como las imágenes que mi cerebro construía tomaban forma en la realidad. Y me asuste, mucho.
También se lo confesé a James. Me hablo de su don, de todo lo que él había pasado hasta llegar aquí. Me atreví a abrirme, y me confesé. Le conté mi vida, literalmente. Y por un ápice de segundo, el confió también en mi, y me conto los 16 años que llevaba en el mundo real.
A raíz de entonces, James empezó a abrirse y a mostrarse menos rudo. Se fue convirtiendo poco a poco en mi amigo, en alguien importante para mí. Hasta que mi primera visión se cumplió, y a partir de entonces no le veía como un verdadero amigo. Sino como algo más. Y una noche, frente al porche del establo, James tomo mi mano y me llevo bosque adentro. Gritando jubiloso que tenía una sorpresa para mí.
Mientras galopaba esta mañana, su yegua se aparto del camino, estaba cansada. James intento llevarla a través del bosque, haber si con suerte encontraban un pequeño charco. Y descubrió la maravillosa laguna que en ese momento se encontraba delante de nosotros.
“¿No es preciosa?” Oí decir a James a mi espalda. Asentí, y me gire suavemente para disfrutar su cara de perplejidad. Pero la que cayó perpleja y asombrada fui yo.
Ahí estaba el, con sus cabellos dorados cayéndole levemente y perfilando las suaves líneas de su rostro, con una grácil sonrisa dibujada en aquella hermosa boca. Y sus ojos. Dios mío. Las luciérnagas hacían brillar etéreamente pequeñas motitas brillantes en el fondo azulado de su iris.
Una fuerte sensación nerviosa sacudió mi estomago. No podía resistirme más, me era imposible. Avancé hacia su posición, me quede quieta enfrente de él. Elevé lenta y dulcemente la cabeza hacia delante, mire por última vez aquellas galaxias encerradas en bolas de cristal que se encontraban en las cuencas de sus ojos, y pose mis labios con los suyos...
Notaba como las lágrimas me resbalaban en ese momento por las mejillas. Acallé mis sollozos para no despertar a Sam. Esos fueron tiempos felices, muy felices. Ahora sinceramente, no sé qué sucedía con James. Algo rondaba mi cabeza y me impedía pensar con claridad.
Y me pregunte a mi misma que si aquella cosa que me impedía pensar con claridad era el chico de cabellos cobrizos que se encontraba delante de mí.

viernes, 10 de agosto de 2012

Disculpas

Me gustaria disculparme por el nefasto funcionamiento del traductor de Google y ,como bien se, mucha gente del extranjero lee mi historia por lo que les invito a que consigan otro traductor mejor para una mejor comprension de mi historia.
Un Saludo, El Escritor

Capitulo 4, James


Aparecí en la oscuridad de mi habitación, la luz comenzaba a filtrase entre las cortinas de la ventana. Sabía que a Loora le pasaba algo, pero como la mayoría de las veces, se lo guardaba para ella. Aquello era frustrante, porque se encerraba en su burbuja y se aislaba del exterior hacia una parte de su mente a la que me era imposible acceder.

Estaba hambriento, asique decidí ir a la cocina a tomar algo. Baje sigilosamente la escalera para no despertar a Niamh, mi hermana pequeña. Llegue abajo. Las cortinas de la cocina estaban echadas, encendí la luz y vi a mi abuela sentada en la mesa de la cocina con una taza entre sus manos.
-Nana, ¿qué haces aquí con la luz apagada?-pregunté dulcemente.
-Te estaba esperando-dijo mientras se volvía.
-Pero ya sabes que a veces tardo mucho en volver-dije con tono de reproche
-Ya… pero es que Angy ha venido a verte-se excusó- Me pidió que te recordara que… no me acuerdo, creo que lo apunté en la nevera. Mi memoria ya no es lo que era-dijo mientras se frotaba las sienes-
Mi abuela ya no era la que era desde “el accidente”…
 Ocurrió hace 5 años aproximadamente, acababa de “despertar” y aquel mundo me fascinó de tal manera que en ocasiones olvidaba lo que dejaba atrás. Empecé a descuidarme, a pesar de las advertencias de Myrna de no utilizar mi don en mi realidad puesto que había devoradores tras la busca de los recién despertado. También me recomendó variar los lugares a los que me transportaba para confundirlos. Al principio me lo tomé muy enserio, pero el tiempo pasaba y nunca me había ocurrido nada, asique… ¿para qué molestarme?-pensé. Ese fue mi gran error.
Una mañana al volver encontré mi antigua casa (la de mis padres) patas arriba, revuelta, los colchones rajados y su respectivo contenido se encontraba esparcido por las habitaciones… Los muebles habían sido volcados…Oí unos gimoteos en un pequeño armario que había debajo de la escalera. Ande hacia aquellos ruidos mientras los restos de lo que en su día fueron los cristales de una ventana crujían bajo mi peso. Al abrir el armario encontré a mi hermana abrazada Lily, su muñeca favorita.
-¿Qué ha pasado Niamh?-pregunte angustiado- ¿Te encuentras bien?
-Han... han… venido…unos hombres m….malos-conseguí entender entre sus llantos y gimoteos.
-¿Qué querían?-la abracé contra mi pecho para calmarla.
-N… no lo sé-contesto al tiempo que me empapaba la camiseta con sus lágrimas- Yo… estaba arriba con Lily toman…  tomando el té con la señora Grace y M,… Mr Sonrisitas cuando Nana abrió la puerta aquellos hombres malos…                                                                                                             

-Tranquila, ya estoy aquí- la acurruqué entre mis brazos.                                               
-Esque oí un ruido ab…abajo y bajé para ver qu… que pasaba, pero esos hombres eran muy malos, ¡tiraban cosas por los aires! ¡Ten…tenias que verlos! Pero me asus… asusté y me escondí en el armario de la escalera-tartamudeo
-Ya pasó…  ¿sabes dónde está Nana?-pregunte preocupado
Sacudió la cabeza. La levante en volandas y me dispuse a buscar a mi abuela.
 La encontré, tirada en el suelo de la cocina. Me acerque a ella, el corazón casi se me salió del pecho…  Llegué a pensar que estaba muerta, pero aún respiraba.  Deje a Niamh en una silla y puse bocarriba a Nana. Con un paño húmedo le limpie un hilillo de sangre seca que tenía en el rostro. Rápidamente llame a los servicios de emergencia, los cuales no tardaron en llegar y en llevarnos al hospital.
Preguntaron por algún familiar cercano. No teníamos a nadie más que a Nana, mis padres desaparecieron cuando Niamh cumplió 2 años. La policía no saco nada en claro. No sabían si mis padres estaban vivos o muertos, literalmente desaparecieron de la faz de la tierra. Aunque aquel era un tema que era mejor no tocar. Nana no quería que nos preocupáramos más de lo necesario.
Pasamos la noche junto a ella. Un medico nos pidió que la dejásemos descansar, dijo que había tenido una experiencia muy traumática y que tendríamos que ser pacientes con su recuperación. Tiempo después, cuando la dieron el alta, Nana estaba en un estado catatónico, como denominan los médicos. Era un muñeco viviente, solo que más alta y con más arrugas. Había que darla de comer, tenía la vista perdida en un mismo punto, la teníamos que mover nosotros cual marioneta…
 Con el tiempo acabo mejorando, pero siempre sufría alguna recaída. Nunca volvería a ser la misma, y todo esto había ocurrido por mi culpa. Siempre que veía aquella mirada perdida, el fantasma de la culpabilidad me recordaba aquellas imágenes, atormentando mi interior. Todas aquellas noches de pesadillas en las que teníamos que ir a calmar sus gritos de terror y angustia… Nunca olvidaría aquello.
Tiempo después decidimos marcharnos a una casa a las afueras de la ciudad. La antigua casa de Nana. Era bonita, a las afueras en un pequeño pueblo y apartada del bullicio de la gran ciudad. Desde entonces creo que las cosas se suavizaron un poco, Nana sufría menos recaídas. Sentía que poco a poco la normalidad volvía a apoderarse de nuestra vidas.
Después de aquel pequeño flashback mental, me acerqué a la nevera para leer la nota: ¨Clases de Guitarra, mañana a 18:00!¨
Reconocí aquella letra puntiaguda al instante. Angy era mi mejor amiga desde que éramos pequeños. Siempre había estado ahí apoyándome y ayudándome. Había veces en las que sentía que éramos una sola persona. Aquellos eran momentos en los que estábamos conectados, los dos nos hacíamos uno en cuerpo, mente y alma. Tenía el pelo castaño claro y le gustaba llevarlo suelto. Le quedaba realmente bien. Su piel tenía el color de los primeros días de verano, y su nariz estaba salpicada por unas pequeñas pecas. Desde muy pequeña estudiaba música en el conservatorio del pueblo. No me sobraba el dinero para las clases, asique ella se ofreció a dármelas.
Fui pensando en los últimos acordes que debía aprenderme mientras acompañaba a Nana hasta su dormitorio. Le abrí la cama y la ayudé a ponerse el pijama. Ella me miro agradecida cuando salí de la habitación, y se durmió con una ligera sonrisa en el rostro. Miré el reloj, 7:09, todavía era muy pronto. Asomé mi cabeza en la habitación de Niamh, iluminada por una pequeña lamparita con forma de pez. Dormía plácidamente pensando que la luz espantaría a sus monstruos imaginarios. Cerré la puerta suavemente y cuando oí el ¨click¨ me fui a descansar a mi cama. Me puse los auriculares, y me quedé dormido inconscientemente entre la música de la radio y la grave voz del locutor dando los buenos días.
Las sartenes y fogones de la cocina se encargaron de despertarme. Bajé rápidamente las escaleras y entré en la cocina. Encontré a mi abuela cocinando tortitas y preparando té, mi hermana estaba sentada con Lily en la mesa, haciendo que le daba el desayuno.
-Buenos días dormilón-dijo Nana- ¿Has visto qué hora es?
-La una menos cuarto-dije, extrañado.
-No te preocupes hijo, ¡Parece que a todos se nos han pegado las sabanas!-dijo sonriente-Hoy tomamos un “desayunocomida”, ¿quieres zumo?
-No, gracias abuela-conteste adormilado.
-¡Mejor, porque Lily se lo ha acabado todo!-bromeó.
Estallamos en carcajadas. “Desayucomimos” tranquilamente, todo estaba realmente delicioso.
-¡Estaba muy rico Nana!, muchas gracias- dijimos Niamh y yo al unisonó, al tiempo que llevábamos los platos a la pila.
No hubo respuesta. Estaba con la mirada perdida sujetando la taza de té cerca de la cara. La rocé el hombro con suavidad, lo que la saco del trance.
-De… de nada niños-dijo con voz queda.
-¿Estás bien Nana?- pregunto Niamh.
-Si… solo estaba pensando en que hoy es… ¡DÍA DE LIMPIEZA! ¡Ya podéis poneros a recoger vuestras habitaciones antes de que suba a hacer la revisión. Hoy no tendré piedad, arrasaré con todo lo que encuentre a mi paso!-exclamó Nana.
-Vamos Niamh, ¡Nana esta en modo Monstruo de la limpieza!-dije entre risas.
Ambos subimos corriendo hacia nuestras respectivas habitaciones. Fue una buena mañana.
La hora de la clase se acercaba. Decidí ir a prepararlo todo en mi habitación, ya que la sala de estar estaba completamente patas arriba por la fiebre de limpieza de Nana. Se había vestido con una ropa un tanto cómica, unos pantalones azules que le que casi le llegaban a la altura de las axilas, una camisa blanco sucio desgastada por el tiempo y un colorido pañuelo en la cabeza.
Oí llegar una bici por el jardín. 17:49, como siempre llegaba pronto. Golpeó ligeramente la puerta de madera maciza. Nana fue a abrirla, y escuché como se saludaban, y a mi abuela preguntándola por su familia. Lo típico.
Subió las escaleras suavemente, y avanzó por el pasillo. Su forma de andar era extraña. Más bien que andar, iba dando pequeños saltitos. Una cabeza con una sonrisa de oreja a oreja asomo por la puerta, era Angy.
-¿Sabias que desde que acabamos el insti no he sabido nada de ti? Ni que hubieras muerto…-dijo con cara burlona, mientras sus ojos negros se posaban de manera acusatoria en los míos.
-Tranquila, Nana te habría llamado para que asistieras al funeral-bromeé.
-Tu tan bromista como siempre…- dijo sarcástica- Aunque eso de desaparecer de la faz de la tierra es algo normal en ti últimamente.
-Ya…-No sabía que decir.
-¿No te habrás echado una “amiguita”?-dijo haciendo el gesto de las comillas con los dedos.
-Que va, ya me gustaría- sentí una oleada de arrepentimiento al decirlo.
-Ah bueno, si tú lo dices…-dijo con una sonrisa enigmática.
-Bueno, ¿Qué te parece si empezamos?-dije dejando caer la pregunta.
-¡Aha!. Ah, te recuerdo que voy a dar un concierto en un local y me gustaría que fueses-dijo-Bueno, si te apetece podrías tocar tú también.
-Eso dependerá de si mi profesora me deja-dije con una sonrisa burlona.
-¡Permiso  concedido!- dijo mientras daba una palmada y una risita se escapaba de su boca.
Saque mi guitarra, y comencé a tocar una melodía sencilla para ir calentando. Levante la mirada para ver si Angy daba su aprobación. Ella asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano para que comenzara. Tras tocar un par de canciones, empecé a tocar una nueva. La descubrí hará unas tres semanas en internet, y me gusto bastante. Busque por todos medios la partitura, hasta que di con ella en una página alemana. No había tenido mucho tiempo para mirarla. Aunque por la cara de Angy se podría decir que no lo debía estar haciendo muy  bien.
-Es nueva- dije para excusarme.
-Ya, ya… Pues suena un poco… mal.
-Lo sé, lleva varios Fa.
-Ah, tus mejores amigos…- dijo Angy irónicamente.
Intente hacerlo otra vez. “Do, Si, La, Re, F...”
-Joder…
-Trae, déjame ayudarte-dijo Angy.

Se levanto despacio de la silla y se acercó a la cama, donde yo estaba. Se deslizo detrás de mí y bajos sus brazos para ponerlos a la altura de los míos. Empezó a avanzar hasta que nuestras manos se juntaron. Podía sentir como poco a poco su pecho se pegaba cada vez más a mi espalda, y como su respiración hacia que se me erizase el vello de la nuca. Sus finos dedos se colaron entre los de mi mano derecha, robándome la púa que tenia sujeta. Mientras su mano izquierda dirigía a la mía en busca de un hueco en el mástil.
-Haber, justo aquí- dijo Angy, con su cabeza apoyada en mi hombro y su boca pegada a mi oído. Deposito suavemente mi mano en el mástil de la guitarra- Este aquí, eso es… ¡No, ese fuera!- Dijo mientras iba apoyando y quitando dedos- Ahí, ¡perfecto! Y ahora…
Su mano derecha rasgó las cuerdas de la guitarra con mi púa, sonando un perfecto Fa.
-¿Ves? No es tan difícil- dijo mirándome. No podía pensar en otra cosa en ese momento, sus chispeantes ojos negros estaban posados en los míos- Emm… ¿tan mal lo he hecho?
-Ha sido perfecto-dije mientras una risa escapaba de mi boca.
-Es una nota, tampoco te emociones…..- me dijo Angy.
Me gire y volví a mirarla.
-Oh, esque ha sido tan bonito… snif snif- bromee haciendo que limpia unas lagrimas de mis ojos
-Idiota…- Me dio un golpe en el hombro, con tan mala suerte que resbalo y cayó hacia delante dejando su cara a varios milímetros de la mía.
Como si de un resorte se tratara, cerré automáticamente los ojos. Angy capto el mensaje, y sus labios se depositaron en los míos.  Sus manos comenzaron a agarrar mi sudadera, al tiempo que algo gritaba “Loora” dentro de mi cabeza.  La duda comenzó a invadirme, y por un momento separe mis labios de los de Angy.
Las perlas negras de su iris comenzaron a mírame de una forma extraña, como si pidieran perdón a gritos.
-Lo… Lo sient…- intento decir, cuando la interrumpí con un beso.
La voz de mi cabeza comenzó a callarse mientras un sentimiento de lujuria invadía toda mi mente .Exploré la boca de Angy con mi lengua al tiempo que recorría las curvas de su cuerpo con suavidad. Sus brazos agarraban mi cintura. Metí mi mano debajo de su jersey, y empecé a subir por el camino que marcaba su columna vertebral.
Un leve gemido se escapo de su boca al tiempo que mi mano recorría su cuerpo. Su espalda se irguió, y mis labios empezaron a bajar por la suave línea de su mandíbula. Echó la cabeza hacia un lado, dejando libre su cuello.  Deslice mis labios poco a poco hasta llegar a su clavícula. Sentía su respiración acelerada y sus manos, clavadas en la parte trasera de mi cintura.
Y en ese momento no había guerras,  ni devoradores, ni reglas que seguir, solo ella. Volví a posar mis labios sobre los suyos, quería volver a sentir ese frenesí de lujuria. La bese una y otra vez haciendo que me olvidase de todo lo que había alrededor, que todo dejase de existir.
Eche mi cabeza hacia atrás para contemplarla. Y en ese momento me di cuenta que había una cosa que no había dejado de existir: Loora.
Y ahora se encontraba ahí, mirándome con esos dulces ojos. Me asuste y parpadeé varias veces hasta que la cara de Angy volvió a reemplazar la de Loora.
Los ojos de Angy ahora se preguntaban que me había pasados
-Perdona, esqu…
La puerta de mi habitación se abrió completamente, y Niamh entro chillando:
-¡James!¡Jam…- Niamh observo el rubor en la cara de Angy, que en ese momento se encontraba abrazada a mí. No tardo ni un segundo en separarse, y salió corriendo al tiempo que decía: ¡Uy, que tarde es!.
Niamh comenzó a reírse, mientras salía disparada hacia su habitación.
-¡Niamh! ¿Cuántas veces te he dicho que llames antes de entrar?- la reñí