domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo 9, James


-¡POM!
La puerta de mi habitación se cerró de un portazo. Avance por el pasillo a grandes y sonoras zancadas, despertando a mi abuela y a los pequeñas alimañas que habitaban en el falso suelo de la casa. Hacía frio, ¿Qué hora era? No lo sé, ahora no me importaba. Solo deseaba despertar de esa pesadilla. Que Nana viniera a calmarme, que me dijera que todo había sido un mal sueño, y que en la noche siguiente se compensaría con una bonita historia creada por mi cerebro.
Encontré por fin la lisa puerta blanca, que empujé hasta que chocó con el estante que se encontraba a su lado.  Me adelanté hacia el lavabo, y abrí la llave azul de metal que daba paso al agua fría. Observé el pequeño lago en formación en la roma superficie de mármol, que se rompió en cuanto mis manos atraparon parte de ese liquido helado entre ellas. Me agaché, y con un movimiento rápido estrellé su contenido en mi cara. Mis parpados temblaron por el frío, y mis mejillas se contrajeron ante el cambio brusco de temperatura. Fue mi nariz la que agradeció ese olor húmedo, y se olvidó por un instante de aquel olor medicinal que todavía me invadía la pituitaria. Suspiré, y levanté la vista hacia el frente. El espejo me devolvió el reflejo de un chico pálido, ojeroso, con algunos remolinos dorados y empapados en las sienes, que miraba con aquellos ojos azules hacia el frente, pero en realidad solo quería retroceder, y hacer estallar en pedazos la superficie brillante en la que se encontraba atrapado para que el fuerte sonido de cristales rotos reemplazase la voz que aun seguía hablando en su cabeza. “Estamos en guerra James, en guerra, guerra…”
Sollocé mientras me quitaba la camiseta. La maldita palabra se repetía una y otra vez. “Guerra” fue lo que escuche cuando la suave tela de algodón me rozó los hombros. También percibí “guerra” cuando dejé caer al suelo mis pantalones de chándal, junto con mi ropa interior. Y “guerra” fue lo último que oí cuando el agua helada de la ducha ocupó mi canal auditivo.
Elevé la cabeza. La fuerte presión del agua helada mantuvo a raya mis pensamientos. Todavía no podía asimilarlo. ¿Por qué teníamos que ser los jóvenes? ¿Dónde estaba el ejército, que todos estos años había retenido a la oscuridad? ¿Y por qué yo, Loora o Sam? Suspiré, y unas pequeñas gotas se colaron en mi boca, mientras el agua se llevaba el aire cargado de interrogaciones que mis pulmones acababan de expulsar, junto con el sabor salado de mis lagrimas.
Mientras terminaba de enjuagarme la cara, oí, a través de la azulada tela impermeable que servía de mampara, el suave sonido de la cerradura abriéndose lentamente. Supuse que mi abuela se habría extrañado al oír la ducha tan temprano, y vendría a echar un vistazo. Gracias a los suaves movimientos de su bata de terciopelo pude escuchar como entraba, se agachaba para coger o dejar algo, hasta que el inconfundible sonido de metal contra metal del manillar me avisó de que volvía a estar solo. Cerré la llave que daba paso al agua, y dejé que unas gotitas resbalasen por mi espalda antes de correr la tela húmeda y volver a sentir las baldosas en las plantas de los pies. Busqué rápidamente una toalla para que el suelo del baño no se convirtiera en una resbaladiza pista de patinaje. Me arropé con el largo paño de rizo suave, para finalizar moviéndolo energéticamente sobre mi cabeza, tronco, brazos y piernas. Me anudé la toalla en la cadera, cargué aun más el ambiente del baño con mi desodorante y salí disparado hacia mi habitación, para terminar allí de vestirme.

-¡Buenos días!- Me saludó el señor Phisrogers, el cartero del pueblo, que en ese momento se encontraba depositando propaganda y un par de facturas en el buzón metálico que teníamos al lado de la puerta.
-Hola- le salude quedamente mientras me iba poniendo los auriculares de mi MP3.
-¿Cómo te va la vida, chaval? Hacía mucho que no te veía.
-Bien, gracias- corté suavemente nuestra conversación. No tenía ni el humor ni las ganas de hablar con nadie en ese instante.
-¡Oh Patrick, cuánto tiempo! – Saludó mi abuela desde alguna parte detrás de mi espalda- ¿Qué tal estas muchacho? – Dijo, mientras me daba un suave empujoncito para que me apartase del marco de la puerta.
-¡Hola señora Ryle! ¡Qué bien la tratan los años, cada día está usted más guapa! Yo bien, gracias por preguntar, ¿y usted?
-¡Anda bribón! Pues demasiado bien, comparando como me trata el tiempo… –Rieron mi abuela y Patrick, mientras me alejaba- No vuelvas muy tarde- sugirió mi abuela
“Agh, este jovencito…” fue lo último que oí cuando apreté el Play del MP3. Seven Nation Army empezó a sonar a todo volumen, mientras me alejaba dando grandes pasos por el pavimento grisáceo, hacia donde mis pies me llevaran.

Pequeños rayos de sol asomaban detrás de los grandes chalets blanquecinos del final de la calle, junto con el piar de los varios periquitos enjaulados que la señora Evans tenía en el porche. Reí al recordar la escena que allí sucedió unos cuantos años atrás…
“El día que nos mudamos era Halloween. La esencia de mediados de otoño, el frio y el olor a pasteles de calabaza mezclados con unas voces chillonas gritando ‘¡Truco o Trato!’ invadía la pesada atmosfera de ese pueblecito acogedor y hogareño: Forwey Hills.
Quité un poco el vaho al cristal con la manga de mi jersey. Observe a un pequeño grupo de personas de la edad de Niamh, acompañados de varios adultos. Los duendecillos, superhéroes, piratas y algún par de princesas. Todos llevaban una pequeña cestita rebosante de caramelos debajo del brazo, y la felicidad pintada en aquellas inocentes sonrisas.
-¿Te gusta?- Me pregunto Meredith, interesada por lo que estaba viendo fuera del cristal.
Meredith era nuestra vecina en Seattle. Vivía en el pequeño chalet al final de nuestra antigua calle. Tenía 21 años, estudiaba Historia y Humanidades en la universidad de Harpers, y era la persona más dulce del planeta tierra. Conoció a mi abuela una tarde en la que Johnson, el viejo gato que Niamh había encontrado un par de días antes vagando por un cubo cerca del colegio, decidiera volver a su antigua vida de vagabundo. Mer lo encontró, hurgando las sobras de su contenedor. Lo trajo a nuestra antigua casa, no sin antes haberse enfrentado a él y a su arisco carácter. Mi abuela, como agradecimiento, la invitó a cenar con nosotros un viernes por la noche. Y el siguiente, y el siguiente del siguiente… Desde entonces, las noches de los viernes se convirtieron en algo especial, en la que abundaban anécdotas, chistes y algún que otro drama familiar. Meredith se convirtió en parte de nuestra familia. Ella, sus circunferencias azuladas alrededor de su pupila, sus botas de montaña beige, sus camisas de franela y su larga trenza amarronada.
-Aha- le contesté- no está mal.
Me di la vuelta, para observar su reacción. Una leve sonrisa apareció en sus comisuras, obligándolas a ir en la dirección contraria a la gravedad. Me acurruque un poco más en el asiento del copiloto. Las 3 horas largas que llevábamos surcando mares de asfalto y gravilla empezaron a hacer mella en mí. Observé a Meredith, concentrada en la carretera. Las luces de los coches que venían en dirección contraria impactaban en su añil pupila, y su trenza danzaba en su hombro derecho cada vez que giraba el volante. Mire de nuevo a la carretera, hacia aquel cielo que empezaba a oscurecer en el horizonte. Cerré los ojos un instante, y escuche la suave voz de la locutora local despidiendo su programa, al tiempo que mi subconsciente se despegaba de mi cuerpo.”

“-¡Guau Regina, me están entrando ganas de volverme a por mis cosas!- Nos dijo Mer en un susurro, que se encontraba en medio del porche admirando el interior de la nueva casa con Niamh en sus brazos. No llevábamos ni una hora cuando la pequeña cayó en los brazos de Morfeo. Observe su dulce cara, adornada con dos pegatinas de arañas en las mejillas. ‘No tenía que haber pasado por nada de esto’, me culpé.
-Te dije que era bonita- Rió mi abuela. Cogió la otra maleta que había dejado en el coche y prosiguió junto a mi hacia el segundo piso de la casa”

“ -Esta noche de Halloween será un poco más fría que las anteriores. Vientos procedentes de Canadá han entrado esta mañana por el norte del país. Se espera algo de nieve por la zona más sept….
Cambié la tele de canal. Moda, noticias, noticias, mas noticias, una serie que se estrenó hace poco… 
Decidí dejar el beisbol. Nana se encontraba con Meredith en la cocina. El olor a mantequilla derretida me abrió el apetito de inmediato. Mi abuela debía de estar preparando sus famosas galletas de azúcar y pica-pica. Mis favoritas.
-¡Abuela! ¿Necesitáis ayuda?- grité desde el salón.
-¡No, ya casi están!- me respondieron una voz dulce y jovial, mezclada con una carcomida por la edad.
Me acurruque en el sillón. Mire un rato a mí alrededor, preguntándome como seria el futuro que me esperaría en esa casa. Y pensé también en la historia de sus paredes, y de sus majestuosas vigas de roble macizo, o de esos ladrillos grisáceos y rojizos que acompañaban al fuego de la chimenea. Me estiré un poco, cuando de repente oí el sonido agudo de timbre de la puerta.
-¡James cielo, ve a abrir, que estamos ocupadas!- Me gritó Meredith.
Acepté de mala gana. Seguramente sería algún grupo de niños pidiendo caramelos, caramelos que no teníamos. Avancé hasta que toqué el pomo de la puerta y lo gire lentamente.
Y esa noche fue cuando la conocí.
Una muchacha, de mi edad, con un gran tocado indio de plumas que le llegaba hasta la estrecha cinturilla de sus vaqueros claros. Su pelo, un castaño muy muy oscuro, asomaba inocentemente entre los adornos del tocado. Observe su cara. Unas pequeñas pecas manchaban su nariz, dándole un aspecto de joven e inocente muñeca. Sonreía, haciendo que sus mejillas, marcadas por dos rayas verdes y rojas a conjunto con su disfraz, se elevaran hacia el techo del porche.
-¡Truco o trato! – Me dijo la chica con una voz suave y alegre, a la vez que elevaba una cestita naranja con forma de calabaza.
Me ruboricé. La mudanza y demás no nos dejó tiempo para montar nada. No habíamos decorado ninguna calabaza, ni nos habíamos preocupado por los disfraces o lo caramelos. Miré a la chica.
-Esque…-Y mientras pronunciaba cada silaba de aquella palabra, la alarma del horno aviso sonoramente de que la maravillosa receta de mi abuela estaba lista. Y se me ocurrió una idea.
-¿Te gustan las galletas?- Le pregunté a la desconocida que tenía delante. Sus ojos vacilaron un poco ante aquella pregunta nada típica de los amables invitados que solían abrir la puerta y llenarte la cesta de chuches y dulces.
-Me encantan las galletas- dijo ella por fin, ofreciéndome una amable sonrisa.
-Vale, genial… Ehm… ¿Me esperas un… momento?
-Claro- Y su sonrisa volvió a calarme de lleno.
-De acuerdo, es-espera aquí…
Cerré un poco la puerta, mientras la chica asentía. “Joder James, eres gilipollas” Me dije a mi mismo mientras avanzaba de nuevo hacia la cocina. Seguro que le había parecido un pringado, un idiota sin amigos que se quedaba a celebrar Halloween en su casa, con su abuela y su hermana pequeña. Y encima sin caramelos… Había empezado bien aquí…
Entre suavemente en la cocina. Mi abuela, que se encontraba fregando los resto de  la pegajosa masa que había sobrado, me miró de reojo.
-¿Quién era, cariño?- preguntó dulcemente.
-Era una chica del barrio, venía a pedir caramelos. Se me ha ocurrido que podría darle un par de galletas, si no te importa…- le dije calmadamente a mi abuela.
- ¡Claro que cielo! Coge un par y ofréceselas. Pero ten cuidado, acaban de salir del horno.
-Gracias Abuela- y cogiendo un par de dulces de la bandeja aun caliente, deposite un beso en su mejilla arrugada por el paso del tiempo.
Corrí rápidamente hacia la puerta otra vez. Cuando volví abrir, esas esferas negras me miraron de nuevo, juguetonas y dulces al mismo tiempo, mientras intentaba parecer calmado. Alargué el brazo al tiempo que ella levantaba su mano.
-Aquí tienes- le dije mientras depositaba los dos dulces colmados de azúcar y picapica en su suave mano. “Gracias” eran lo que ahora expresaban sus ojos y su suave mueca de aprecio hacia mí- Bueno… A-Adiós- me despedí, mientras comencé a cerrar suavemente la puerta.
-¿No vas a salir?
-¿Qué?- dije, volviendo a abrir la puerta nerviosamente.
-Que si no vas a salir-rió- Es Halloween.
-Ahh, es que bueno, acabamos de mudarnos y n...
-Anda, ya decía yo que no me sonaba tu cara- y me volvió a dedicar una de sus preciosas sonrisas. Y yo le sonreí al unísono- Vente, no voy con nadie. Dos son multitud.- volvió a reír- Además, si quieres puedo presentarte a los vecinos.
- ¡Me parece una idea estupenda! Mientras no volváis muy tarde, claro –Dijo Meredith a mi espalda, mientras me empujaba suavemente para que saliera fuera.
- V-Vale
-Genial- dijo la chica, mientras me ponía a su lado- Adiós- despidió a Mer, que ahora se encontraba cerrando la puerta.
-Hasta luego chicos- Respondió ella, guiñándome un ojo.
-¡Bueno, vamos!- Gritó ella, mientras salió disparada al césped grisáceo formado por cemento que eran las calles de ese pueblo.

“-Aquí teneis chicos, serviros- Nos dijo amablemente la señora Klaterbarnn. Su marcado acento Alemán contrarrestaba totalmente con sus facciones dulces y amables, haciéndola parecer más ruda. Lo poco que mi nueva amiga me había contado de ella es que se había mudado hace poco con su marido, también Alemán, y con un recién nacido, que ahora oíamos de fondo en el interior de la casa. El señor Klaterbarn grito algo inteligible para nosotros. La señora le respondió en la misma lengua desconocida.
-Lo siento, el pequeñín tiene hambre-nos dijo amablemente- Intentaré visitaros lo más pronto que pueda- Me sonrió- ¡Bueno chicos, feliz Halloween! Que os lo paséis bien, hasta la próxima.
-¡Gracias, Adiós!- Pronunciamos la chica y yo al unísono.
Nuestros pies volvieron al mar de cemento. No sé a cuantos metros nos encontrábamos ya de mi casa. Mi compañera me había llevado de aquí para allá, presentándome a los vecinos de toda mí calle, contándome todo tipo de rumores y pequeñas historias sobre ellos. Avanzamos en silencio iluminados únicamente por las escasas farolas de la calle, y por las luces que se escapaban de los resquicios de las puertas y ventanas. La banda sonora la ponían la música de las fiestas y los gritos de las personas asustadas por el zombi que acababa de salir en la escena de la película que se encontraban viendo. Y por un resorte, mi cuello se dirigió de nuevo hacia las casas, encontrándome con una cosa bastante curiosa. Jaulas.
Grades, pequeñas, de barrotes finos, más gruesos, blancas, rojas, azules… Colgadas sobre la amplia fachada de madera de una estrecha casa. No oía ningún ruido, por lo que supuse que los habitantes de aquellos pequeños edificios de metal y su dueño o dueña andaba ya en el séptimo sueño. La chica que mi acompañaba siguió sutilmente mi mirada, hasta que nos topamos mirando en el mismo punto.
-A no ser que quieras veneno, no te aconsejaría que te acercaras a la casa de la señora Evans- me susurro la chica.
-¿Y eso?- La pregunté.
-Es una bruja, con todas las letras de la palabra. No he visto nunca una persona tan odiosa como ella… Todo la molesta, todo es malo, todo tiene alguna pega, es una asquerosa, la odio.
-Tranquila, todo al final acabara volviéndose contra ella- la dije.
Una de las jaulas, verde y pequeña, se movió ligeramente en la derecha de la fachada. Un apagado canto salió del interior de la estructura. Mire a mi nueva amiga, que sonreía maliciosamente, iluminada por la luz que alumbraba la puerta de la casa.
-¿Qué pasa?- la miré extrañado. Mientras, la chica dio un paso decidido hacia las jaulas.
-Espera- Dijo ella, mientras me daba la pesada cesta llena de glucosa y colesterol. La chica avanzó hasta las jaulas, y empezó a abrir las puertecillas de las susodichas ante mi sorprendida actitud.
-¿Qué haces?- La susurré, lo más alto que pude.
Pero la chica no me oía, continuaba abriendo cerrojos y ofreciendo la libertad a las pequeñas aves que habitaban dentro. Algunas salieron, y volaron hacia el cielo, hacia su pequeño paraíso, la libertad. Otras, sin embargo, dormidas, continuaron dentro de la jaula. Y cuando mi amiga consiguió abrir por completo todas las jaulas, se giró hacia mí, y en un rápido susurro, me dijo:
-En cuanto dé una palmada, corre.
-¿Qué?- le pregunté, aun atónito, al tiempo que la chica juntaba sus manos en una sonora y fuerte palmada. Las aves, que ahora piaban como locas debido al fuerte ruido, empezaron a escapar y huir al mismo sitio donde sus compañeras se encontraban. Me quedé absorto, mientras observe cómo unos pequeños rayos de luz salían hacia el exterior. La chica me cogió del brazo, y me obligó a seguirla. “¡Corre!” me gritaba. Corrí rápidamente, agarrado al brazo de ella, con la cabeza a punto de estallarme debido a la adrenalina. Y continuamos así un par de manzanas, tres, cuatro… Hasta que los dos, jadeantes y victoriosos, nos dejamos caer encima de un verde césped, rociado por pequeñas gotas de agua. Ella rio y rio, hasta que se desplomo, como una de las plumas de su tocado, sobre la suave y natural moqueta verde. Allí nos quedamos, los dos tumbados y mirando hacia el cielo estrellado.
-Oye- Le pregunté, aun jadeante- ¿Cómo te llamas?
-Angy –Me dijo ella- Me llamo Angy.”

sábado, 13 de octubre de 2012

Capitulo 8, Sam (Especial Los Soñadores)



El  sonido de las bisagras de la puerta me hizo volver la cabeza lentamente. Una menuda enfermera asomo la cabeza pesadamente en la habitación.
-Anda, si ya te has despertado- dijo risueñamente aquella mujer. No hacia ni 5 minutos que había abierto los ojos y aun me seguía doliendo la cabeza y la pierna.
-Si…
-¿Cómo te encuentras cielo?-pregunto mientras abría un pequeño armario.
- No muy bien, creo que nunca había estado así- dije con voz ronca- La cabeza me duele a rayos, y tengo la pierna como si me estuvieran haciendo vudú.
-Valla, valla. Por lo menos el humor sigue en su sitio-dijo la mujer con una sonrisa burlona.
-Ni que me hubieran echado un mal de ojo…
-No te preocupes cariño, ¡el sortilegio de una bruja no va a poder con la magia de las plantas!-carcajeó.
Reí ante la respuesta de la anciana. Esta, a su vez comenzó a rebuscar en los  distintos muebles de la habitación, y fue depositando varios frasquitos en una especie de carrito. Un pequeño deja vu apareció en mi mente. Oh dios, ya recuerdo lo que había pasado…
-Siento lo del carrito, señora….
-Llámame Molly. Disculpa mi falta de educación, joven. No te preocupes por lo de antes, esas cosas pasan-mencionó
-Encantado, me levantaría  a saludar pero…-dije, mientras me encogía de hombros.
-No te alarmes cielo, este es mi trabajo-sonrió mientras se acercaba con el carrito- Bueno, ahora viene la parte mala.
-¿Por qué?-pregunte, inquieto por su respuesta.
-Lo siento cariño, he estado observando tu pierna, y me temo que tenemos que amputar-dijo muy seriamente.
-¡QUÉ! No, por favor, seguro que hay otra solución. Llévenme a un hospital de mi mund…-exclame tempestuosamente, mientras las palabras se agolpaban en mi garganta.
-¡Tranquilízate corazón!-rió enérgicamente- Era una broma. Tendrías que haberte visto la cara…
-No ha tenido ninguna gracia, no se juega con ese tipo de cosas-dije, mosqueado.
-Bueno, aquí llega la peor parte…LAS MEDICINAS-contesto firmemente.
-¿Por qué son la peor parte?
-Mejor no preguntes hijo, podría decirse que son para paladares especiales…-aclaró.
Molly comenzó a mezclar los distintos ingredientes en un vaso de cristal. La mezcla  tenía un color verde oscuro, demasiado oscuro, y unas enormes burbujas aparecían a intervalos sobre la superficie del mejunje. Molly estaba en lo cierto, no tenía muy buen aspecto.
-Bebe-inquirió mientras depositaba el vaso en mis manos.
Agarre firmemente el vaso, y lentamente lo acerque a la comisura de  mis labios. Di un pequeño sorbito.
-Puaj… ¡Qué diablos es esto!-exclame mientras mi estomago rugía a causa de las nauseas- Molly, por favor, necesito la palangana…
-¡De eso nada, bébetelo todo de un trago!-dijo, mientras me obligaba a tomármelo.
Con cada sorbo que daba de aquella extraña medicina, si eso se podía llamar medicina, el sabor se volvía peor. “Vamos, solo un poco más”, me animé a mi mismo.
-Creo que voy a vomitar-dije mientras me llevaba la mano a la boca
-Ah ah, aguanta un poco mas-recomendó  Molly-  Tranquilo cariño, haz como yo. Inspira, espira…
A medida que me relajaba, la angustia iba desapareciendo.
-No exagerabas cuando decías que esto era la peor parte-intente sonreír- Gracias por todo, Molly.
-No tienes porque agradecérmelo corazón, es mi trabajo. Además no todo el mérito es mío, Loora me ayudo a curarte los cortes.
-Hablando de Loora, ¿sabes dónde está?-pregunté-Es que me gustaría agradecérselo a ella también.
-Pues si te soy sincera, no lo sé exactamente-dijo encogiéndose de hombros- La última vez que la vi iba a salir al jardín. Supongo que para airearse un poco, ha sido una larga noche. Pero si quieres puedo ir a buscarla.
-Me harías un gran favor-conteste agradecido.
Seguí con la mirada a Molly hasta que esta hubo cerrado la puerta. Sus pisadas resonaban a  lo largo del pasillo. Era una buena mujer.
Miré hacia el techo un buen rato, pensando en cómo había acabado aquí. Ahora lo veía todo más claro, aunque no sabía exactamente que me había llevado a aquel lugar. Parecía un sueño…  Pero  el dolor del brazo me respondió mi pregunta.
Aprecié un lejano barullo en el pasillo, que cada vez se acercaban más. Oí el movimiento del picaporte de la puerta. Fue Loora la primera en asomar tímidamente  la cabeza, seguida de James y Molly.
-¡Buenos días Bello durmiente!-bromeó Loora.
-¿Bello durmiente? Espero que no haya sido Molly la que te haya despertado dándote un beso de amor verdadero…-Concluyó James
-¡Un respeto a los mayores jovencito! Además, no es por ofender, pero no es mi tipo-carcajeó Molly-Habrá sido una de mis jóvenes aprendices…
-¡Uy, que calladito te lo tenias!-dijo Loora, guiñándome un ojo. Todos en la habitación estallamos en carcajadas.-No nos tienes que volver a dar estos sustos-Loora cambió de tema- ¿Vale?
-Si cada vez que pierdes una carrera acabas así, no vas a durar ni un telediario-dijo James mientras se cruzaba de hombros y me dedicaba una amigable sonrisa.
El gemido de la puerta acallo la conversación.
-Siento interrumpir-dijo Myrna.
-Buenos días mi señora-se arrodillo Molly.
-Por favor Molly, me va hacer sonrojar. Déjese de tanta formalidad.
-Como usted quiera mi señora… quiero decir, Myrna-tartamudeó Molly.
La campanita que golpeaba la puerta de entrada aviso a la enfermera que alguien nuevo la esperaba al final del pasillo.
-Molly querida, ¿no debería ir a atenderla?-dijo sutilmente Myrna.
-Perdón, discúlpenme- se excusó Molly cabizbaja. Y con una reverencia, se despidió de nosotros.
-Siento haber sido descortés Sam-dijo Myrna, cogiéndome de la mano- ¿Cómo te encuentras?
-Bien, gracias-dije sonriendo.
-Te he traído flores para que alegren un poco esta habitación-dijo Myrna, mientras sacaba un colorido ramillete de flores.
-Te lo agradezco-sonreí correspondido.
-Pero bueno, no solo he venido a traerte flores-habló Myrna- También tengo noticias frescas. No sé cómo os las tomareis…
-¿De qué se trata?-pregunto Loora.
-Luego hablaré con vosotros, pero primero tengo que aclarar un par de cosas con James-dijo Myrna- ¿Nos disculpáis un momento?
-Claro, no hay problema-dije.
James y Myrna cerraron la puerta tras de sí. Loora y yo cruzamos las miradas.
-¿De qué crees que estarán hablando?-pregunte a Loora.
-No lo sé, ¿quieres que lo averigüemos?-dijo Loora, con una gran sonrisa burlona.
Yo asentí con la cabeza. Loora se acercó sigilosamente hacia la puerta y empujo el picaporte muy discretamente.
-Ya les veo-susurro Loora.
-¿Les puedes oír?-pregunté.
-No muy bien. Pero James no parece muy contento-murmuró.
-NO ME PUEDES PEDIR ESTO-exclamó James-
-Chst, Loora, cierra la puerta- La recomendé.
-NO NO NO….ME DA IGUAL-gritó James- ESTO YA ES DEMASIADO.
-DETENTE JAMES-vociferó gravemente Myrna-ES UNA ORDEN.
-YO NO OBEDEZCO ORDENES DE NADIE-gritó James con un punto rabioso en los confines de su garganta.
La angustia se palpaba en el rostro de Loora. Lentamente, se sentó en la misma butaca dónde había pasado la noche, y se cubrió el rostro con las manos. Pasamos un buen rato en silencio, hasta que Myrna volvió a entrar
-Siento que hayáis tenido que oír esto, chicos-se disculpó Myrna.
-Por lo que hemos oído, no deben ser muy buenas noticias-dije.
-No son ni buenas ni malas. Son la realidad-contestó Myrna. Dio un largo suspiro, hasta que nos lo confesó- Me temo que la guerra ha comenzado.
-¡¿CÓMO?!-exclamo Loora muy alarmada.
-La oscuridad quiere una venganza, ha esperado años. Y no se detendrá ante nada-dijo Myrna.
-¿Pero, a nosotros que nos afecta todo esto?- pregunté.
-Nosotros somos la última defensa que le queda al mundo. Si perdemos, ambas realidades caerán sobre su mano de hierro-respondió Myrna- Tenemos que luchar y defender por derecho lo que nos pertenece.
-Tenemos que ir al frente, ¿verdad Myrna?- preguntó Loora- Por eso se ha ido James… ¿No es cierto?
-Llevas razón  querida, esa ha sido la causa de la discusión- aclaró Myrna. Volvió a dar una largo suspiro, a la vez que bajaba la cabeza- Sabía que no se lo tomaría bien.
-Es lo único que le queda a su familia… -comentó Loora, muy apenada- Y a mí…
-Ya tiene algo por lo que luchar, él no permitirá que nada malo mas os pase-dijo Myrna- Pero me temo que vuestro caso es distinto. Me entristece deciros que os tendréis que separar. Él  partirá al frente de batalla, a una fortaleza militar donde mejorara el arte de la guerra. En cambio, nosotros partiremos a la academia HighTower, centro de saber de todo conocimiento mágico desde tiempos inmemoriales. Allí aprenderéis a usar vuestro don. Y, en su debido momento, iréis a luchar. Ahora soy demasiado débiles y valiosos para enviaros sin una buena preparación a la guerra.
Pude oír los sollozos ahogados de Loora. Las lagrimas taponaros sus marones ojos, y también su garganta. Me preocupó, asique intente quitarle hierro al asunto:
-Perdona Myrna, pero… ¿Cómo diablos le voy a explicar esto a mis padres?-pregunte sarcásticamente.
-De eso ya tendremos tiempo para hablar durante el viaje. Partimos mañana-informó Myrna.
-¿Un viaje?-preguntamos Loora y yo, extrañados.
-Sí, no te lo había dicho. El Consejo tiene muchas ganas de conocer a su próximo aprendiz de druida…

Capitulo 7, Loora (Especial Los Soñadores)

-¡Ay!
-¡Estate quieta jovencita, a este paso  te quedará una cicatriz!- Dijo la enfermera, mientras sujeta la aguja con la que acababa de unir el corte.
Ahg, odiaba los puntos. No me gustaba nada sentir el paso de la aguja y el hilo a través de mi piel. “Cálmate, dos veces más y se acabó” Intenté relajar la mano y pensar en otra cosa. Abrí los ojos, que habían estado cerrados durante todo el proceso anterior. Esa habitación de la enfermería era pequeña, tan solo cabía una gran estantería llena de frasquitos y botes atestados de hierbas y ungüentos, y una pequeña butaca al lado del viejo colchón en el que ahora me encontraba sentada. La enfermera, que se encontraba limpiando unas pequeñas gotitas de sangre que habían manchado la aguja, miro en la dirección que mis ojos marcaban.
-Son diferentes tipos de medicinas. Detrás tenemos un pequeño jardín del que sacamos todos los ingredientes. Si quieres nos puedes ayudar luego a preparar las dosis de tu amigo- pronunció la enfermera, mientras sus dedos rechonchos se volvían a aferrar a mi muñeca izquierda.
-No soy muy buena con las mezclas... Pero bueno, creo que podría echarte una mano- la dije amablemente.
- Muchas gracias jovencit….
-¡AY, JODER!- La quemazón volvió al lugar de mi herida. Apreté los dientes mientras sentía como las lágrimas surcaban mis mejillas.
-Tranquila, este ya es el último.- La mujer apoyo despacio la aguja, y fue hundiéndola poco a poco en mi piel. Respire hondo, mientras el hilo surcaba mi carne- ¡Respira, ya esta! Dijo la mujer, tirando suavemente en contra de la gravedad de las dos piezas que acababan de atravesarme la epidermis.
-Gracias…- Proferí con un ronco sonido. Me aclaré la garganta intentando que mis vocablos volvieran a sonar como siempre.
-Oh, ¿Todavía te sigue doliendo? Tranquila cielo, voy a prepararte algo para que tu dulce voz vuelva a su sitio- Dijo la enfermera, mientras me guiñaba un ojo. Esa mujer me caía bien. No llegaba a entender como podía aun dedicarme palabras amables con la ajetreada noche que le habíamos dado- Espera aquí- Y abriendo la chirriante puerta de madera, la enfermera caminó hacia una habitación nueva.
Cogí una pomada granate de la bandeja de acero donde la sanitaria había traído las herramientas para curarme. Debía de haberse olvidado de ponérmela. Hundí el dedo índice y corazón de mi mano buena en la espesa mezcla, y pasé a aplicarla suavemente por encima de mis puntos y de mi piel rojiza. El frescor de la composición me calmó al instante la palma herida. Profesé un leve suspiro de satisfacción mientras limpiaba con unos pocos algodones los restos de la argamasa de mis dedos. Agarré la fina venda de lino de la misma bandeja de antes y empecé a enrollarla suavemente alrededor de mi extremidad, como la enfermera había hecho anteriormente con el brazo herido de Sam.
“Le faltó poco para matarme de un infarto…” Me confesé a mí misma. Y en cierto modo era verdad. Me desperté con el ruido de un montón de botes cayendo, y en sonido de un carito volcándose junto al cuerpo de Sam. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su cabeza golpeando el suelo, emitiendo un sonido que me heló la sangre. Me arrastré como pude hasta donde su complexión había caído, mientras llamaba asustada y a gritos a la enfermera. La dama llego tan pronto como pudo, y me ayudo a darle la vuelta para subirlo a la cama. Conseguimos quitarle de encima los restos de esquirlas, pero uno de esos afilados cristales araño fuertemente el brazo de Sam, tiñendo sus ropas y las mantas que tenía debajo de un fuerte rojo sangre. Me asuste, he intente sacar el vidrio de su miembro, con tan mala suerte que el afilado trozo de cristal me corto la palma de la mano. El olor ferroso de nuestro plasma me mareó, y mi estomago vacio intentó expulsar el nulo contenido que había dentro de él. Mire encrespada a la enfermera, que me ordenó en una serie de vocablos inteligibles que me  marchara de la habitación. Corrí hacia la última puerta del largo pasillo, la que daba al baño, dejando en el pasadizo un largo reguero de sangre. Al abrir la puerta, busqué como pude el cordoncillo de la vieja bombilla que había en el techo. Tanteé el aire que había encima de mi cabeza con la mano que aún conservaba intacta, hasta que conseguí encontrar la fina cadena, que encendió por fin la mohosa bombilla al mismo tiempo que sonaba el “Clack”. Me adelante hacia el pequeño lavabo, y deposite mi extremidad dolorida y sangrante en el mientras mi diestra intentaba averiguar cuál de las dos llaves daba paso al agua fría.  Palmee las dos cerraduras hasta que al final, sin saber cuál de las dos aberturas era la correcta,  me decidí por una, la errónea.
El agua, sacada de las calderas del infierno, goteo encima de mi herida haciéndome gritar de puro dolor. Cambie tan rápido como pude de llave para dar paso al agua helada sacada de algún rio o embalse cercano. El contacto, frio y fluido, me provocó un escalofrío por todo el cuerpo, pero calmo de una manera increíble el corte. Con el rabillo del ojo pude observar las baldas atestadas de toallas de un pequeño estante que se encontraba detrás de mí. Sin mover la extremidad del lavamanos, me puse de cuclillas hasta que mi brazo alcanzo la suave tela de rizo. Me levante, y empape un poco el paño en el agua de la palangana, que aún conservaba unos matices rojizos en la translucida agua, y enrollé la venda lo mejor que pude alrededor de mi palma izquierda. Un suspiro salió de mi boca, al tiempo que elevaba la cabeza hacia el espejo que tenía delante.
La superficie reflectante me dio una imagen de mi misma salpicada con pequeños resto de detergentes y desinfectantes. Y allí estaba yo, una chica pálida y ojerosa, con una melena castaña oscura que se prolongaba más allá de los hombros. Pose mis ojos en el váter que tenia al lado, y apoye mi cuerpo sobre su fría taza de mármol. Cerré los ojos un rato, hasta que las pisadas de la enfermera resonaron en la lejanía del pasillo y acercándose poco a poco al lugar que querían hallar.
-Oh cariño, ¡Valla susto me has dado! – Se pronuncio la enfermera, mientras abría el picaporte de madera de la puerta y se daba paso hacia el interior de la estancia- He estado muy ocupada curando a tu amigo, pero ya está bien. Tan solo tiene un tajo en el brazo y un chichón en la cabeza, pero nada que no se pueda arreglar con unos puntos y unos cuantos hielos. Acompáñame, vamos a curar ese pequeño corte…
Un leve olor a hierbas surco el aire de la habitación, haciéndome despertar de mis pensamientos. La veterana dama estaba tardando mucho, asique decidí ponerme en marcha e ir adonde se encontraba. Atravesé la puerta de madera para salir al pasillo que hace unos segundos mi mente recordaba lleno de pequeños charquitos de linfa roja.
El olor de las hierbas ahora se mezclaba con el perfume característico de los jabones tradicionales. Supuse que la enfermera, antes de ir a prepararme la infusión, había limpiado el cuadro impresionista que mi sangre había dibujado por todo el laminado del suelo. Pise con cuidado la madera, procurando que mis castas botas no provocasen mucho ruido. Avancé con pequeños pasitos hacia más o menos la mitad del pasillo, y me detuve en la puerta con el picaporte de metal. La habitación de Sam.
Empuje la portezuela lo mas suavemente que pude, y me adentré hacia el cuarto helado. En la cama, aun con restos de sangre, se encontraba apoyado el cuerpo de Sam, lleno de vendas. Parecía más una momia que una persona. Reí ante mis pensamientos, mientras una suave brisa procedente de la única ventana abierta que se encontraba en la habitación me acariciaba la piel de los antebrazos y los muslos. La verdad, la camisola de basto algodón color crudo y los cortos pantalones verdes que había utilizado para salir a dar un paseo con el caballo la tarde anterior no abrigaban mucho para la fresca mañana que hacía. Avance hasta el ventanuco, con la intención de cerrar las dos pequeñas persianas de madera por las que la corriente se abría paso hacia la estancia. Mire un poco hacia el exterior. Los rayos anaranjados del amanecer se filtraban entre las hojas verdes de los arboles. Estas, a su vez, danzaban suavemente con la brisa matinal provocando un susurro que se mezclaba con el canto de los pájaros y los bostezos de los herbívoros y depredadores que acababan de iniciar su jornada. Admire un rato mas el idílico paisaje, hasta que la corriente me obligó a volver a lo que estaba haciendo. Cerré despacio y con mucho cuidado las persianas, procurando hacer el menor ruido posible para no despertar a mi compañero.
Los sonoros zuecos de la enfermera sonaron en una parte lejana del pasillo. Ordene a mi cuerpo caminar hacia la puerta con pasos suaves y lentos. Al empujar hacia delante el picaporte, los olores que antes habían invadido mi nariz hicieron notar aun más su presencia. Avance unos centímetros y cerré delicadamente la puerta.
-¿Qué tal estas?- Gire mi cabeza. La amable mujer traía una humeante tacita de una porcelana blanca y pura en sus callosas manos. Su calzado marcaba un ritmo cada vez que andaba.
-Bien, gracias- La dije, dedicándole una sonrisa cordial- Había entrado un momento a ver como se encontraba Sam. He cerrado la ventana, hacia un poco de frio, no sé si la había dejado usted abierta…
-Oh no cielo, no te preocupes. La había abierto para refrescar la habitación y quitar un poco el olor de las medicinas, pero si es verdad que esta mañana hace un poco de frio- Me dijo la mujer, pasándome la taza caliente. Alce mi mano derecha al tiempo que la señora continuaba con su discurso- Parece mentira que estemos entrando ya en verano, valla tiempo de locos…- Bebí un sorbito de la infusión. La mezcla de limón y otras especias recorrió mi garganta- ¿Cómo esta, te gusta?
-Esta deliciosa, muchísimas gracias.
-Un placer cariño. ¿Por cierto, no tienes frio? Me están dando escalofríos con solo verte…-dijo la enfermera.
-Pues un poco la verdad…
-¡Aha!, espérame aquí- La mujer atravesó el marco de la puerta y se adentro hacia la estancia que yo había abandonado hace un segundo. Gire mi cuerpo hasta la pared opuesta a la de las habitaciones. Un fino vidrio separaba la enfermería del exterior, donde el césped tenía el color verdoso de los primeros días de lluvia, y la humedad del aire formaba un pequeño rocío encima de las vetas de los troncos, dándole un aspecto brillante a su particular madera. Unos pequeños destellos azules y dorados danzaban entre los árboles. Las hadas también habían empezado la jornada de hoy. Me quede admirando esas bolitas de colores posadas encima de las ramas de los altos abetos y pinos que ahora tenían un aspecto navideño.
-Toma jovencita- volteé mi cabeza, y vi que la enfermera me ofrecía la oscura chaqueta que Sam había llevado puesta la tarde anterior- Creo que ahora mismo tu amigo no la necesita.
-Gracias- Apoye un momento la ardiente taza en el poyete de la ventana y me puse la prenda de grueso punto. La lana acariciaba la piel de mis muslos mientras me abrigaba del frio exterior. Suspire de puro placer.
-Mucho mejor así. Acompáñame, te puedes quedar en una salita esperando hasta que t...
-En realidad quería salir un rato fuera-mencione mientras agarraba de nuevo la infusión- Bueno, creo que necesito despejarme un poco, no me ha ido muy bien en las últimas horas…
-Claro, te entiendo preciosa. Mira, acompáñame por aquí al laboratorio, que desde allí puedes salir al jardín.
-Vale- asentí y volví a dar otro sorbito a mi mezcla mientras avanzaba siguiendo a la mujer.
El laboratorio me parecía un sitio mágico. Todos aquellos armarios acristalados y baldas llenas de mejunjes, pociones y raíces y tallos de plantas daban a la estancia, junto con los matraces, probetas y frasquitos de vidrio, un maravilloso halo misterioso. Las estanterías, llenas de libros de páginas amarillentas y dibujos a lápiz, le daban el toque justo de sabiduría. Me gustaba ese sitio. Mire alrededor unas cuantas veces hasta que la enfermera me saco de mis ensoñaciones.
-Es por aquí cariño- dijo empujando una puertecita blanca- Te aconsejaría dar un paseíllo entre las plantas, ¡no te van a dejar indiferente!
-Muchísimas gracias… señorita
- ¡Jajajajaja, acabas de hacer feliz a una ancianita! Llámame Molly mi amor.
- Gracias Molly- la dije mientras la guiñaba un ojo y cerraba la puerta.
Dios, la mujer no se había quedado corta. Las plantas, que se pasaban unos cuantos centímetros de mi cabeza, lanzaban al aire sus especiados perfumes, salidos de unas maravillosas y coloridas flores de todos los tamaños. Avance entre los pequeños caminitos de tierra y hojas secas cual Alicia en el país de las maravillas. Y mientras caminaba, iba leyendo poco a poco los cartelitos que daban nombre a cada planta: “Raíz de Komodo, Jaula de oro, Aquarosatum, Mandrágora….” La niña que llevaba dentro hacía un repaso mental de todas las plantas mientras imaginaba las potentes mezclas que podían salir de aquellos ingredientes. Di un largo trago a mi infusión ya templada, mientras observaba una especie de rosa aterciopelada de color de las bayas. Me acerque un poco, y con mi mano herida toque suavemente uno de los pétalos de la flor, y acerque mi nariz para aspirar su embriagador aroma. Unas notas florales, mezcladas con algún tipo de olor frutal y dulzón se abrieron paso hasta mi pituitaria. Me sentí anonadada ante el olor de aquella planta. Olía a demasiadas cosas. Al amor de verano, al champú perfumado de la chica que te gusta, al impacto del sol en las pupilas, a una tarde de cine y palomitas, a sexo desenfrenado… Suspire ante la magia de aquella fragancia.
Un extraño ruido me hizo volver a la realidad. En una de las bifurcaciones del camino se oyeron unas amenazantes pisadas. No me eran conocidas, puesto que la enfermera no andaba con un paso tan decidido. Agudicé el oído todo lo que pude, pero lo único que conseguía oír era la frecuencia del crujir de las hojas secas. Me puse en lo peor, ¿Y si era un devorador? Mi cuerpo empezó a temblar. Los pasos se oían cada vez más cerca. Los nervios y la adrenalina empezaron a recorrer mi torrente sanguíneo.
-¿Quién anda ahí?- Dije en un tono agresivo. No parecía que a aquellas pisadas le faltase mucho para alcanzarme. A mis piernas tampoco les faltaba mucho para empezar a fallar.
-Su caballero andante, princesa- James salió detrás de una de las grandes plantas que se encontraban en el camino. Y el nerviosismo causado por el miedo volvió a mí de nuevo, por el pánico que me causaría perder ahora mismo al chico rubio que tengo delante. Una sonrisa alzó mis comisuras al tiempo que el avanzaba hacia a mí. Deje que su abrazo poliédrico cubriera todos los ángulos libres de mi cuerpo. Ahg, James, el hombre de las mil caras… Elevé un poco la cabeza para que nuestros labios se juntasen. Nuestras bocas se devolvían el saludo de bienvenida, mientras sus manos envolvían mi espalda, y una corriente eléctrica recorría mi sistema nervioso. Le amaba, le amaba, le amaba… Me deje llevar por el ritmo que marcaba su lengua y por los afrodisiacos olores del entorno. Aferré a su cintura como una anaconda. Era mío. Disfrute un poco mas de aquel James, hasta que decidió separar sus labios de los míos.
-Te he echado de menos- Dijo en un susurro- Lo siento, creo que estos días no han sido muy buenos, pero n…- Sus boca se encontraba muy cerca de la mía. Tanto, que cada vez que pronunciaba una palabra larga se ronzaban. Mi cuerpo suplicaba por un contacto más de aquellos labios, asique acallé a James con un beso. El gruñó, pero enseguida su boca acompaño a la mía. Sus manos ahora se encontraban en mi nuca, que se aferraban a la parte trasera de mi cuello pidiendo clemencia. Avance poco a poco hasta su oído, llenando el camino de suaves besos. Cuando sentí el cartílago apoye mi mejilla contra la suya, dejando mi boca a la altura del orificio auditivo.
-Te quiero- Le dije, mientras él se hacía dueño de mi cuello…
-¡CARIÑO, TU AMIGO ACABA DE DESPERTAR!-Gritó Molly en la distancia.

domingo, 7 de octubre de 2012

Un leve retraso

Queridos lectores me entristece comunicaros el retraso de la publicación del  Doble Capitulo del Especial  de Los Soñadores. Lo publicaremos a lo largo de la semana, tranquilos no os decepcionaremos ;). 
Nos falta acordar  lo que vamos hacer por la 2ª Edición de Los Soñadores así que será una sorpresa ^_^

Disculpar el retraso cumpliremos nuestra promesa.

El Escritor

jueves, 4 de octubre de 2012

La Revelación =S

Me enorgullezco de anunciaros los resultados de la encuesta. ¡Que nervios! Hemos alcanzado 806 visitas hasta día de hoy, y esperamos MUCHÍSIMAS mas.  En  casi  menos de 3 días hemos tenido mas de 100 visitas GUAU. La fecha del siguiente Especial de Los Soñadores sera en las 1000 visitas, esperemos que sea pronto, pero también dejarnos tiempo para planearlo ^-^ .

Y sin  entretenerme mas anunciamos a los ganadores de la Primera Edición  Especial de Los Soñadores....

(Cojo el sobre)

(Lo abro lentamente)

Y los ganadores son...............
S......
Lo.....
Jam.....
Nue......

¿Me tiemblan las manos tanto como a vosotros? Espero que así sea
Redoble de tambor por favor.....

¡Sam y Loora! 

Un millón de gracias a cada uno de vosotros, sin vuestra ayuda esto no hubiera podido ser posible.

El Escritor 

martes, 2 de octubre de 2012

Gracias =D

Un gran saludo  a todos nuestros lectores, la primera cosa que me gustaría hacer es agradeceros todo vuestro apoyo para que continúe la historia. A  día de hoy me encuentro con 696 visitas, podría decir 700 para quedar mejor pero hay que ser realistas xD, este número es abrumador  para mí. Solo el hecho de pensar que habéis entrado en este Blog 696 veces me hace sonrojar. Para celebrarlo y compartirlo con ustedes había pensado en hacer un especial cada 100 visitas. Por ejemplo, en cuanto llegue a 800 visitas podría hacer un doble capitulo o algo por el estilo donde vosotros podrías elegir los personajes en una encuesta y los ganadores serian los elegidos. Os invito a todos a participar poniendo como punto de inicio el 800, ese será nuestro primer especial de Los Soñadores. Acabo de empezar el Bachiller, todo el equipo del Blog tambien, por lo que es un tanto difícil publicar algo todas las semanas. Así que  aproximadamente publicaremos entre 2-3 capítulos mensuales, normalmente publicaremos los viernes, sábados y domingos. Esto no quiere decir que todos los fines de semana se vaya a publicar un capitulo, vosotros lo que tenéis que hacer es revisar el blog esos días y algún día acertareis ;)
Insisto muchísimas gracias a cada uno de vosotros, sin vosotros esto no hubiera sido posible.

El Escritor