Despierta. Maldita sea, la espalda me duele de una manera
horrible. Me enderezo, y entiendo porque. No estoy dormida en la mullida y
aburrida cama de siempre, sino en una butaca. Intento asimilar cuales fueron
las últimas imágenes que surcaron mi mente antes de caer rendida en este montón
de tela y madera carcomida por los años.
Recuerdo a Sam. “¡Oh, Sam! Es verdad, le trajimos a la
enfermería” Abrí los ojos por completo. Allí estaba Sam, adormecido bajo la
tenuidad de una vela. Su pelo relucía ante la luz de esta, dándole un aspecto
cobrizo. Sonreí. Ahora parecía un niño adormilado, soñando con la maqueta del
helicóptero nuevo que su padre le traerá cuando llegue de trabajar, y que
probaran juntos en la parte de atrás del jardín. O imaginando que navega por
mares del color de los zafiros. O pisando la superficie lunar, al grito de
“¡Houston, no hay ningún problema!”
Reí. “El seguramente soñó con eso de pequeño”, dije para mis
adentros, al tiempo que la envidia se hacia un huequecito al lado de las
imágenes tiernas de mi cabeza. Si, envidia sana. Me lo imagino volviendo hacia
el mundo real, despedazándose de los resto de pereza al acabar de levantarse y
pensando: “Valla, que sueño más raro”. Y en ese momento se levantaría de la
cama de un salto, cogería ropa limpia y se dispondría a darse una ducha. Y
después de aquella bruma energizante bajaría a la cocina, donde le esperaría su
padre, su madre, ¿Quizá algún hermano? Posiblemente, mientras desayunan
tranquilamente comentando como les ira el día.
“Chico afortunado”. “Del montón” diría la gente normal.
Olvidaba que yo no estaba incluida en ese grupo de personas.
Mi infancia, por llamarla de alguna manera, se reducía a
despertarme todos los días y ver el blanco y tosco techo del orfanato para
chicas de Hopeland. “El que escribió el nombre debía de tener el día bromista”
sugirió mi subconsciente. Dormía en una incómoda cama de barrotes rojos,
rellena por una sabana de color crudo. A los pies de esta colgaba un cartelito
sujeto por dos pequeñas cuerdecitas en la barra rojiza. Recuerdo que las noches
en las que no podía dormir me gustaba pegarle pataditas y ver como se giraba
para acto seguido leer mi nombre: “Loora”
Me gustaba. Me sentía diferente. “No, no era Marie, con esas
rubias trenzas de adorno a los iris del color del ópalo. Y tampoco era Helen,
con una melenita y sonrisa dulce que derretía a cualquier mujer adulta. No. Yo
era Loora. La pequeña niña de pelo negro, con la tez pálida y de perspicaces
ojos a la que le gustaría vivir en una casa sin tejado para poder admirar el
cielo a todas horas e ir dibujando siluetas en las nubes. Y cada vez que
lloviera, sentir los regueros que formaba
los cristales de lluvia en todo el cuerpo. Y tener un caballo, no un
unicornio rosa y morado con más purpurina que los polvos de Campanilla, no.
Quería un pura sangre, un caballo fuerte y que no se agotara nunca, que pudiera
andar velozmente sobre dunas, guijarros y cualquier cosa que se pusiera bajo
sus amenazantes patas. Y vivir aventuras y aventuras… El resto de las chicas anhelaba
ser princesa, vivir en una gran torre de piedra y mármol, custodiadas por un
terrible dragón y esperando a que su príncipe encantador/Ken de la Barbie menos
afeminado y con unos cuantos asteroides de más derrotara aquel terrible
monstruo y subiera por las escaleras, abriera la puerta de par en par, y
diciendo a su princesa que ya estaría a salvo, y que por qué no, ya que están,
casarse y comer perdices felizmente el resto de su vida. Si, asqueroso.”
Recordar todo esto me producía náuseas. “No, Loora tampoco
era de ese tipo de chicas. Loora seria
princesa, por supuesto. Pero no así. Loora derrotaría al monstruo, se llevaría
su cabeza como trofeo. Llegaría al castillo donde viven sus padres, o los
pobres reyes que han encerrado a su hijita en una torre alta para que no vea el
mundo, no conozca nada. Y que encima te lleven un tipo medio majara, luchando
con una bestia, que no te ha visto en toda su vida pero que pelea por tener un
estatus soc…. Perdón, por estar a tu lado. Y porque te quiere, muchísimo, a ti
y a tus billetes. Pero oye, mama y papá lo hacen porque se preocupan por ti, tú
tranquila. Pero no, a mi no me tranquilizaría, me plantaría enfrente de ellos y
les diría: “Buenos días. Vengo a por mi libertad. Gracias y adiós” Y
conseguiría un caballo, si, uno negro. Iría galopando a su lomo por el prado
teñido de verde y salpicado de amapolas. El viento rozaría mi cara, y yo
sonreiría gloriosa, y me diría a mi misma: -Buen trabajo Loora, estas lista
para comerte el mundo cada mañana”
Sonrió al recordar todo esto. “Si, puedes comerte el mundo,
pero también puedes atragantarte con el…”
Y sigo recordando a la pequeña muchacha llena adrenalina,
lista para vivir aventuras cada mañana. Recuerdo todos los días en aquel lugar,
siempre dando clase a la misma hora, vestidas con aquel pichi verde marengo y
un polo blanco. Aprendiendo nuevas cosas con la misma profesora de siempre, y
sentada en aquella silla de madera, esperando impaciente a que sonara el timbre
para “bajar al patio”. Y ahí es cuando yo salía deprisa, y me escondía detrás
de una columna, esperando a que el resto de la clase bajara. Y cuando no
quedaba ni un alma, corría hacia mi habitación, cogía la manta de mi cama y me la anudaba al cuello mientras bajaba
tozudamente hacia el aula. Y allí estaba yo, haciendo que planeaba entra las
mesas, corriendo de un lado a otro, y
notando que mientras cogía velocidad, la manta se separaba poco a poco de mi
espalda. Me sentía bien ¿Qué narices? Me sentía como Superman. Y reía y reía
sin parar. Era mi pequeño secreto.
Pero esa felicidad fue efímera. Y la vida me enseño a
madurar, a base de golpes bajos.
Recuerdo las reuniones, en las que un hombre y una mujer
mayores, felizmente recién casados y a punto de empezar una nueva vida juntos,
nos observaban de reojo con una sonrisa en la cara. Algunos bromeaban y decían:
“¿De verdad que solo podemos llevarnos una?”, mientras aquella pareja reía sin
parar. Me gustaban sus risas. Me imaginaba en navidad, con aquella familia
esperando ansiosa abrir los regalos mientras ellos dibujaban una sonrisa al
compás de la mía. Y claro, llegaba el momento de elegir a la candidata, la
nueva señorita, la nueva incorporación a la familia. Y empezaban a andar, enfrente de aquella fila
montada por unas pequeñas niñas en perfecta posición. Y llegaba el momento,
pasaban delante de mí, mi respiración se
entrecortaba y notaba como aquellos señores… seguían andando con el paso al
frente, hasta parase frente a una niña
como Marie, o como Helen. Siempre me preguntaba porque no se paraban delante de
mí, y mi corazón decía que era porque no eran los adecuados. Así pasaron unos
meses, cada semana la misma historia. Pero un día, lo recuerdo perfectamente,
un joven de pelo dorado y ojos marrones, acompañado por su mujer, una bella
joven de pelo castaño y ojos azules del color del cielo, entraron en nuestra
sala de reuniones.
La dulce pareja nos sonreía, y un gesto tierno se aparecía
por su cara cada vez que nos miraban. Y entonces empezó el angustioso y lento
paseo frente a nuestra fila.
Me habían hecho una trenza hacia un lado. No me gustaba
nada. Mi pelo se salía entre los cabos de aquel peinado. Empecé a peinarla despacio hacia abajo, intentando
que quedara más en su sitio, cuando de repente miré hacia arriba y me encontré
con esos ojos lascivos mirándome.
El joven, de la mano con su mujer, y andando lentamente,
escrutaba con sus ojos lo que estaba haciendo. Al ver que yo le miraba, empezó
a sonreír, y mi sangre se congeló, formando unos puntiagudos cristales debajo
de mi piel, y haciéndome sentir un leve hormigueo. Y mientras aquel hombre
seguía con su mirada sosteniendo la mía andando lentamente, el tiempo y todo lo
que había a nuestro alrededor se congelo, al igual que mi sangre.
Mi mente empezó a trabajar por mí. Vi a ese hombre,
volviendo del trabajo, esperándome para que le abrazara. Le vi también en
halloween, dibujando caras espeluznantes en aquellas calabazas. Y por mi
cumpleaños, esperando a ver como su hijita abre y juega con su nueva Barbie. También
le vi leyéndome un cuento, dándome las buenas noches junto a un fugaz beso
plantado en mi frente.
Vi esas imágenes y me sentí feliz, muy feliz. Y el tiempo
comenzó otra vez a acelerar, y yo empecé a mirar a aquel hombre con una sonrisa
de oreja a oreja que casi me parte la cara en dos. Empezaron a avanzar, y el
hombre no dejaba de mirarme.” Por fin”, pensé. Pero de repente, su mujer, que
iba justo detrás de él, empezó a tirar de su antebrazo, haciendo que mi futuro
padre se girase en su dirección.
Y allí se repetía la misma historia, se plantaban enfrente
de una niña como Marie y como Helen, empezaban a jugar y a hablar con ella,
provocando que a la pequeña se le escaparan leves sonrisitas de felicidad. Y a
partir de ahí quedaban inocentemente hechizados, cogían a su nueva adquisición
en volandas y la llevaban lejos de aquí, hacia la libertad. Y como no, yo me
quedaba paralizada. Mi corazón lloraba y se quedaba sumido en tinieblas…
“Estuvo muy cerca, ¿Por qué, porque?” Le oía decir entre sollozos. Y esta vez,
el que se pronuncio fue mi cerebro: “Ellas son mejores que tu, idiota”
Y a partir de ahí empezó la agonía. Pase de estar con las
niñas de 6 años, a las de 7, 8 y así sucesivamente hasta los 16. Todos los días
eran iguales. Lo único que cambio fue mi pequeño secreto, ya no me gustaba ser
una heroína que deambulaba entre mesas de madera salvando a pequeñas figuritas
de plástico. No. Ahora a Loora le gustaría tener a unos padres atentos, que la
esperasen al volver a casa con los brazos abiertos, que la regañaran por una
par de suspensos. Ese era su sueño ahora.
Y el tiempo pasó volando, y el viento se llevo las
esperanzas. Pero entonces sucedió.
Me desperté en aquel extraño mundo, asustada. No tenía ni
idea de que era aquello. Y encontré a Myrna y a James. Y automáticamente la
tormenta dio paso a un maravilloso cielo azul, desteñido con pequeñas y
esponjosas nubes blancas, y coronado por un maravilloso arcoíris. Ellos son
todo lo que tengo, a lo que de verdad puedo llamar familia.
Myrna me enseño lo referente a las armas y a como proseguir
mi don. Y una tarde, en la que James, aquel chico rubio y callado que me miraba
con un iris violáceo y protector, lo descubrí. Vi a James, junto a mí en un
prado con una suave hierba llena de rocío. Y también me vi, apoyada en su pecho
disfrutando de la apacible brisa rozando mi cara y riendo como una niña
pequeña. Me veía feliz a su lado… cuando las imágenes desaparecieron de mi
cabeza. No, no eran imaginaciones. Me asuste, porque parecía como si hubieran
conectado un proyector en mi cerebro. Y las visiones seguían y seguían
caminando entre los nubarrones negros de mi subconsciente.
Asustada, se lo confesé a Myrna. Me explico que ese era mi
don, ver el futuro. Poco a poco empecé a aceptarlo y ver como las imágenes que
mi cerebro construía tomaban forma en la realidad. Y me asuste, mucho.
También se lo confesé a James. Me hablo de su don, de todo
lo que él había pasado hasta llegar aquí. Me atreví a abrirme, y me confesé. Le
conté mi vida, literalmente. Y por un ápice de segundo, el confió también en
mi, y me conto los 16 años que llevaba en el mundo real.
A raíz de entonces, James empezó a abrirse y a mostrarse
menos rudo. Se fue convirtiendo poco a poco en mi amigo, en alguien importante
para mí. Hasta que mi primera visión se cumplió, y a partir de entonces no le
veía como un verdadero amigo. Sino como algo más. Y una noche, frente al porche
del establo, James tomo mi mano y me llevo bosque adentro. Gritando jubiloso
que tenía una sorpresa para mí.
Mientras galopaba esta mañana, su yegua se aparto del
camino, estaba cansada. James intento llevarla a través del bosque, haber si
con suerte encontraban un pequeño charco. Y descubrió la maravillosa laguna que
en ese momento se encontraba delante de nosotros.
“¿No es preciosa?” Oí decir a James a mi espalda. Asentí, y
me gire suavemente para disfrutar su cara de perplejidad. Pero la que cayó
perpleja y asombrada fui yo.
Ahí estaba el, con sus cabellos dorados cayéndole levemente
y perfilando las suaves líneas de su rostro, con una grácil sonrisa dibujada en
aquella hermosa boca. Y sus ojos. Dios mío. Las luciérnagas hacían brillar
etéreamente pequeñas motitas brillantes en el fondo azulado de su iris.
Una fuerte sensación nerviosa sacudió mi estomago. No podía
resistirme más, me era imposible. Avancé hacia su posición, me quede quieta
enfrente de él. Elevé lenta y dulcemente la cabeza hacia delante, mire por última
vez aquellas galaxias encerradas en bolas de cristal que se encontraban en las
cuencas de sus ojos, y pose mis labios con los suyos...
Notaba como las lágrimas me resbalaban en ese momento por
las mejillas. Acallé mis sollozos para no despertar a Sam. Esos fueron tiempos
felices, muy felices. Ahora sinceramente, no sé qué sucedía con James. Algo
rondaba mi cabeza y me impedía pensar con claridad.
Y me pregunte a mi misma que si aquella cosa que me impedía
pensar con claridad era el chico de cabellos cobrizos que se encontraba delante
de mí.
Sigue así :D
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