-¡Ay!
-¡Estate quieta jovencita, a este paso te quedará una cicatriz!- Dijo la enfermera,
mientras sujeta la aguja con la que acababa de unir el corte.
Ahg, odiaba los puntos. No me gustaba nada sentir el paso de
la aguja y el hilo a través de mi piel. “Cálmate, dos veces más y se acabó”
Intenté relajar la mano y pensar en otra cosa. Abrí los ojos, que habían estado
cerrados durante todo el proceso anterior. Esa habitación de la enfermería era
pequeña, tan solo cabía una gran estantería llena de frasquitos y botes
atestados de hierbas y ungüentos, y una pequeña butaca al lado del viejo
colchón en el que ahora me encontraba sentada. La enfermera, que se encontraba
limpiando unas pequeñas gotitas de sangre que habían manchado la aguja, miro en
la dirección que mis ojos marcaban.
-Son diferentes tipos de medicinas. Detrás tenemos un
pequeño jardín del que sacamos todos los ingredientes. Si quieres nos puedes
ayudar luego a preparar las dosis de tu amigo- pronunció la enfermera, mientras
sus dedos rechonchos se volvían a aferrar a mi muñeca izquierda.
-No soy muy buena con las mezclas... Pero bueno, creo que
podría echarte una mano- la dije amablemente.
- Muchas gracias jovencit….
-¡AY, JODER!- La quemazón volvió al lugar de mi herida.
Apreté los dientes mientras sentía como las lágrimas surcaban mis mejillas.
-Tranquila, este ya es el último.- La mujer apoyo despacio
la aguja, y fue hundiéndola poco a poco en mi piel. Respire hondo, mientras el
hilo surcaba mi carne- ¡Respira, ya esta! Dijo la mujer, tirando suavemente en
contra de la gravedad de las dos piezas que acababan de atravesarme la
epidermis.
-Gracias…- Proferí con un ronco sonido. Me aclaré la
garganta intentando que mis vocablos volvieran a sonar como siempre.
-Oh, ¿Todavía te sigue doliendo? Tranquila cielo, voy a
prepararte algo para que tu dulce voz vuelva a su sitio- Dijo la enfermera,
mientras me guiñaba un ojo. Esa mujer me caía bien. No llegaba a entender como
podía aun dedicarme palabras amables con la ajetreada noche que le habíamos
dado- Espera aquí- Y abriendo la chirriante puerta de madera, la enfermera
caminó hacia una habitación nueva.
Cogí una pomada granate de la bandeja de acero donde la
sanitaria había traído las herramientas para curarme. Debía de haberse olvidado
de ponérmela. Hundí el dedo índice y corazón de mi mano buena en la espesa
mezcla, y pasé a aplicarla suavemente por encima de mis puntos y de mi piel
rojiza. El frescor de la composición me calmó al instante la palma herida.
Profesé un leve suspiro de satisfacción mientras limpiaba con unos pocos
algodones los restos de la argamasa de mis dedos. Agarré la fina venda de lino
de la misma bandeja de antes y empecé a enrollarla suavemente alrededor de mi
extremidad, como la enfermera había hecho anteriormente con el brazo herido de
Sam.
“Le faltó poco para matarme de un infarto…” Me confesé a mí
misma. Y en cierto modo era verdad. Me desperté con el ruido de un montón de
botes cayendo, y en sonido de un carito volcándose junto al cuerpo de Sam.
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su cabeza golpeando el suelo,
emitiendo un sonido que me heló la sangre. Me arrastré como pude hasta donde su
complexión había caído, mientras llamaba asustada y a gritos a la enfermera. La
dama llego tan pronto como pudo, y me ayudo a darle la vuelta para subirlo a la
cama. Conseguimos quitarle de encima los restos de esquirlas, pero uno de esos
afilados cristales araño fuertemente el brazo de Sam, tiñendo sus ropas y las
mantas que tenía debajo de un fuerte rojo sangre. Me asuste, he intente sacar
el vidrio de su miembro, con tan mala suerte que el afilado trozo de cristal me
corto la palma de la mano. El olor ferroso de nuestro plasma me mareó, y mi
estomago vacio intentó expulsar el nulo contenido que había dentro de él. Mire
encrespada a la enfermera, que me ordenó en una serie de vocablos inteligibles
que me marchara de la habitación. Corrí
hacia la última puerta del largo pasillo, la que daba al baño, dejando en el
pasadizo un largo reguero de sangre. Al abrir la puerta, busqué como pude el
cordoncillo de la vieja bombilla que había en el techo. Tanteé el aire que
había encima de mi cabeza con la mano que aún conservaba intacta, hasta que
conseguí encontrar la fina cadena, que encendió por fin la mohosa bombilla al
mismo tiempo que sonaba el “Clack”. Me adelante hacia el pequeño lavabo, y
deposite mi extremidad dolorida y sangrante en el mientras mi diestra intentaba
averiguar cuál de las dos llaves daba paso al agua fría. Palmee las dos cerraduras hasta que al final,
sin saber cuál de las dos aberturas era la correcta, me decidí por una, la errónea.
El agua, sacada de las calderas del infierno, goteo encima
de mi herida haciéndome gritar de puro dolor. Cambie tan rápido como pude de
llave para dar paso al agua helada sacada de algún rio o embalse cercano. El
contacto, frio y fluido, me provocó un escalofrío por todo el cuerpo, pero
calmo de una manera increíble el corte. Con el rabillo del ojo pude observar
las baldas atestadas de toallas de un pequeño estante que se encontraba detrás
de mí. Sin mover la extremidad del lavamanos, me puse de cuclillas hasta que mi
brazo alcanzo la suave tela de rizo. Me levante, y empape un poco el paño en el
agua de la palangana, que aún conservaba unos matices rojizos en la translucida
agua, y enrollé la venda lo mejor que pude alrededor de mi palma izquierda. Un
suspiro salió de mi boca, al tiempo que elevaba la cabeza hacia el espejo que tenía
delante.
La superficie reflectante me dio una imagen de mi misma
salpicada con pequeños resto de detergentes y desinfectantes. Y allí estaba yo,
una chica pálida y ojerosa, con una melena castaña oscura que se prolongaba más
allá de los hombros. Pose mis ojos en el váter que tenia al lado, y apoye mi
cuerpo sobre su fría taza de mármol. Cerré los ojos un rato, hasta que las pisadas
de la enfermera resonaron en la lejanía del pasillo y acercándose poco a poco
al lugar que querían hallar.
-Oh cariño, ¡Valla susto me has dado! – Se pronuncio la
enfermera, mientras abría el picaporte de madera de la puerta y se daba paso
hacia el interior de la estancia- He estado muy ocupada curando a tu amigo,
pero ya está bien. Tan solo tiene un tajo en el brazo y un chichón en la
cabeza, pero nada que no se pueda arreglar con unos puntos y unos cuantos
hielos. Acompáñame, vamos a curar ese pequeño corte…
Un leve olor a hierbas surco el aire de la habitación,
haciéndome despertar de mis pensamientos. La veterana dama estaba tardando
mucho, asique decidí ponerme en marcha e ir adonde se encontraba. Atravesé la
puerta de madera para salir al pasillo que hace unos segundos mi mente
recordaba lleno de pequeños charquitos de linfa roja.
El olor de las hierbas ahora se mezclaba con el perfume
característico de los jabones tradicionales. Supuse que la enfermera, antes de
ir a prepararme la infusión, había limpiado el cuadro impresionista que mi
sangre había dibujado por todo el laminado del suelo. Pise con cuidado la
madera, procurando que mis castas botas no provocasen mucho ruido. Avancé con
pequeños pasitos hacia más o menos la mitad del pasillo, y me detuve en la
puerta con el picaporte de metal. La habitación de Sam.
Empuje la portezuela lo mas suavemente que pude, y me
adentré hacia el cuarto helado. En la cama, aun con restos de sangre, se
encontraba apoyado el cuerpo de Sam, lleno de vendas. Parecía más una momia que
una persona. Reí ante mis pensamientos, mientras una suave brisa procedente de
la única ventana abierta que se encontraba en la habitación me acariciaba la
piel de los antebrazos y los muslos. La verdad, la camisola de basto algodón
color crudo y los cortos pantalones verdes que había utilizado para salir a dar
un paseo con el caballo la tarde anterior no abrigaban mucho para la fresca
mañana que hacía. Avance hasta el ventanuco, con la intención de cerrar las dos
pequeñas persianas de madera por las que la corriente se abría paso hacia la
estancia. Mire un poco hacia el exterior. Los rayos anaranjados del amanecer se
filtraban entre las hojas verdes de los arboles. Estas, a su vez, danzaban
suavemente con la brisa matinal provocando un susurro que se mezclaba con el
canto de los pájaros y los bostezos de los herbívoros y depredadores que
acababan de iniciar su jornada. Admire un rato mas el idílico paisaje, hasta que
la corriente me obligó a volver a lo que estaba haciendo. Cerré despacio y con
mucho cuidado las persianas, procurando hacer el menor ruido posible para no
despertar a mi compañero.
Los sonoros zuecos de la enfermera sonaron en una parte
lejana del pasillo. Ordene a mi cuerpo caminar hacia la puerta con pasos suaves
y lentos. Al empujar hacia delante el picaporte, los olores que antes habían
invadido mi nariz hicieron notar aun más su presencia. Avance unos centímetros
y cerré delicadamente la puerta.
-¿Qué tal estas?- Gire mi cabeza. La amable mujer traía una humeante
tacita de una porcelana blanca y pura en sus callosas manos. Su calzado marcaba
un ritmo cada vez que andaba.
-Bien, gracias- La dije, dedicándole una sonrisa cordial-
Había entrado un momento a ver como se encontraba Sam. He cerrado la ventana,
hacia un poco de frio, no sé si la había dejado usted abierta…
-Oh no cielo, no te preocupes. La había abierto para
refrescar la habitación y quitar un poco el olor de las medicinas, pero si es
verdad que esta mañana hace un poco de frio- Me dijo la mujer, pasándome la
taza caliente. Alce mi mano derecha al tiempo que la señora continuaba con su
discurso- Parece mentira que estemos entrando ya en verano, valla tiempo de
locos…- Bebí un sorbito de la infusión. La mezcla de limón y otras especias
recorrió mi garganta- ¿Cómo esta, te gusta?
-Esta deliciosa, muchísimas gracias.
-Un placer cariño. ¿Por cierto, no tienes frio? Me están
dando escalofríos con solo verte…-dijo la enfermera.
-Pues un poco la verdad…
-¡Aha!, espérame aquí- La mujer atravesó el marco de la
puerta y se adentro hacia la estancia que yo había abandonado hace un segundo.
Gire mi cuerpo hasta la pared opuesta a la de las habitaciones. Un fino vidrio
separaba la enfermería del exterior, donde el césped tenía el color verdoso de
los primeros días de lluvia, y la humedad del aire formaba un pequeño rocío
encima de las vetas de los troncos, dándole un aspecto brillante a su
particular madera. Unos pequeños destellos azules y dorados danzaban entre los
árboles. Las hadas también habían empezado la jornada de hoy. Me quede
admirando esas bolitas de colores posadas encima de las ramas de los altos
abetos y pinos que ahora tenían un aspecto navideño.
-Toma jovencita- volteé mi cabeza, y vi que la enfermera me
ofrecía la oscura chaqueta que Sam había llevado puesta la tarde anterior- Creo
que ahora mismo tu amigo no la necesita.
-Gracias- Apoye un momento la ardiente taza en el poyete de
la ventana y me puse la prenda de grueso punto. La lana acariciaba la piel de
mis muslos mientras me abrigaba del frio exterior. Suspire de puro placer.
-Mucho mejor así. Acompáñame, te puedes quedar en una salita
esperando hasta que t...
-En realidad quería salir un rato fuera-mencione mientras
agarraba de nuevo la infusión- Bueno, creo que necesito despejarme un poco, no
me ha ido muy bien en las últimas horas…
-Claro, te entiendo preciosa. Mira, acompáñame por aquí al
laboratorio, que desde allí puedes salir al jardín.
-Vale- asentí y volví a dar otro sorbito a mi mezcla
mientras avanzaba siguiendo a la mujer.
El laboratorio me parecía un sitio mágico. Todos aquellos
armarios acristalados y baldas llenas de mejunjes, pociones y raíces y tallos
de plantas daban a la estancia, junto con los matraces, probetas y frasquitos
de vidrio, un maravilloso halo misterioso. Las estanterías, llenas de libros de
páginas amarillentas y dibujos a lápiz, le daban el toque justo de sabiduría.
Me gustaba ese sitio. Mire alrededor unas cuantas veces hasta que la enfermera
me saco de mis ensoñaciones.
-Es por aquí cariño- dijo empujando una puertecita blanca-
Te aconsejaría dar un paseíllo entre las plantas, ¡no te van a dejar
indiferente!
-Muchísimas gracias… señorita
- ¡Jajajajaja, acabas de hacer feliz a una ancianita!
Llámame Molly mi amor.
- Gracias Molly- la dije mientras la guiñaba un ojo y
cerraba la puerta.
Dios, la mujer no se había quedado corta. Las plantas, que
se pasaban unos cuantos centímetros de mi cabeza, lanzaban al aire sus
especiados perfumes, salidos de unas maravillosas y coloridas flores de todos
los tamaños. Avance entre los pequeños caminitos de tierra y hojas secas cual
Alicia en el país de las maravillas. Y mientras caminaba, iba leyendo poco a poco
los cartelitos que daban nombre a cada planta: “Raíz de Komodo, Jaula de oro,
Aquarosatum, Mandrágora….” La niña que llevaba dentro hacía un repaso mental de
todas las plantas mientras imaginaba las potentes mezclas que podían salir de
aquellos ingredientes. Di un largo trago a mi infusión ya templada, mientras
observaba una especie de rosa aterciopelada de color de las bayas. Me acerque
un poco, y con mi mano herida toque suavemente uno de los pétalos de la flor, y
acerque mi nariz para aspirar su embriagador aroma. Unas notas florales,
mezcladas con algún tipo de olor frutal y dulzón se abrieron paso hasta mi
pituitaria. Me sentí anonadada ante el olor de aquella planta. Olía a
demasiadas cosas. Al amor de verano, al champú perfumado de la chica que te
gusta, al impacto del sol en las pupilas, a una tarde de cine y palomitas, a
sexo desenfrenado… Suspire ante la magia de aquella fragancia.
Un extraño ruido me hizo volver a la realidad. En una de las
bifurcaciones del camino se oyeron unas amenazantes pisadas. No me eran
conocidas, puesto que la enfermera no andaba con un paso tan decidido. Agudicé
el oído todo lo que pude, pero lo único que conseguía oír era la frecuencia del
crujir de las hojas secas. Me puse en lo peor, ¿Y si era un devorador? Mi
cuerpo empezó a temblar. Los pasos se oían cada vez más cerca. Los nervios y la
adrenalina empezaron a recorrer mi torrente sanguíneo.
-¿Quién anda ahí?- Dije en un tono agresivo. No parecía que
a aquellas pisadas le faltase mucho para alcanzarme. A mis piernas tampoco les
faltaba mucho para empezar a fallar.
-Su caballero andante, princesa- James salió detrás de una
de las grandes plantas que se encontraban en el camino. Y el nerviosismo
causado por el miedo volvió a mí de nuevo, por el pánico que me causaría perder
ahora mismo al chico rubio que tengo delante. Una sonrisa alzó mis comisuras al
tiempo que el avanzaba hacia a mí. Deje que su abrazo poliédrico cubriera todos
los ángulos libres de mi cuerpo. Ahg, James, el hombre de las mil caras… Elevé
un poco la cabeza para que nuestros labios se juntasen. Nuestras bocas se
devolvían el saludo de bienvenida, mientras sus manos envolvían mi espalda, y
una corriente eléctrica recorría mi sistema nervioso. Le amaba, le amaba, le
amaba… Me deje llevar por el ritmo que marcaba su lengua y por los afrodisiacos
olores del entorno. Aferré a su cintura como una anaconda. Era mío. Disfrute un
poco mas de aquel James, hasta que decidió separar sus labios de los míos.
-Te he echado de menos- Dijo en un susurro- Lo siento, creo
que estos días no han sido muy buenos, pero n…- Sus boca se encontraba muy
cerca de la mía. Tanto, que cada vez que pronunciaba una palabra larga se
ronzaban. Mi cuerpo suplicaba por un contacto más de aquellos labios, asique
acallé a James con un beso. El gruñó, pero enseguida su boca acompaño a la mía.
Sus manos ahora se encontraban en mi nuca, que se aferraban a la parte trasera
de mi cuello pidiendo clemencia. Avance poco a poco hasta su oído, llenando el
camino de suaves besos. Cuando sentí el cartílago apoye mi mejilla contra la
suya, dejando mi boca a la altura del orificio auditivo.
-Te quiero- Le dije, mientras él se hacía dueño de mi
cuello…
-¡CARIÑO, TU AMIGO ACABA DE DESPERTAR!-Gritó Molly en la
distancia.
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