domingo, 18 de noviembre de 2012

Capítulo 9, James


-¡POM!
La puerta de mi habitación se cerró de un portazo. Avance por el pasillo a grandes y sonoras zancadas, despertando a mi abuela y a los pequeñas alimañas que habitaban en el falso suelo de la casa. Hacía frio, ¿Qué hora era? No lo sé, ahora no me importaba. Solo deseaba despertar de esa pesadilla. Que Nana viniera a calmarme, que me dijera que todo había sido un mal sueño, y que en la noche siguiente se compensaría con una bonita historia creada por mi cerebro.
Encontré por fin la lisa puerta blanca, que empujé hasta que chocó con el estante que se encontraba a su lado.  Me adelanté hacia el lavabo, y abrí la llave azul de metal que daba paso al agua fría. Observé el pequeño lago en formación en la roma superficie de mármol, que se rompió en cuanto mis manos atraparon parte de ese liquido helado entre ellas. Me agaché, y con un movimiento rápido estrellé su contenido en mi cara. Mis parpados temblaron por el frío, y mis mejillas se contrajeron ante el cambio brusco de temperatura. Fue mi nariz la que agradeció ese olor húmedo, y se olvidó por un instante de aquel olor medicinal que todavía me invadía la pituitaria. Suspiré, y levanté la vista hacia el frente. El espejo me devolvió el reflejo de un chico pálido, ojeroso, con algunos remolinos dorados y empapados en las sienes, que miraba con aquellos ojos azules hacia el frente, pero en realidad solo quería retroceder, y hacer estallar en pedazos la superficie brillante en la que se encontraba atrapado para que el fuerte sonido de cristales rotos reemplazase la voz que aun seguía hablando en su cabeza. “Estamos en guerra James, en guerra, guerra…”
Sollocé mientras me quitaba la camiseta. La maldita palabra se repetía una y otra vez. “Guerra” fue lo que escuche cuando la suave tela de algodón me rozó los hombros. También percibí “guerra” cuando dejé caer al suelo mis pantalones de chándal, junto con mi ropa interior. Y “guerra” fue lo último que oí cuando el agua helada de la ducha ocupó mi canal auditivo.
Elevé la cabeza. La fuerte presión del agua helada mantuvo a raya mis pensamientos. Todavía no podía asimilarlo. ¿Por qué teníamos que ser los jóvenes? ¿Dónde estaba el ejército, que todos estos años había retenido a la oscuridad? ¿Y por qué yo, Loora o Sam? Suspiré, y unas pequeñas gotas se colaron en mi boca, mientras el agua se llevaba el aire cargado de interrogaciones que mis pulmones acababan de expulsar, junto con el sabor salado de mis lagrimas.
Mientras terminaba de enjuagarme la cara, oí, a través de la azulada tela impermeable que servía de mampara, el suave sonido de la cerradura abriéndose lentamente. Supuse que mi abuela se habría extrañado al oír la ducha tan temprano, y vendría a echar un vistazo. Gracias a los suaves movimientos de su bata de terciopelo pude escuchar como entraba, se agachaba para coger o dejar algo, hasta que el inconfundible sonido de metal contra metal del manillar me avisó de que volvía a estar solo. Cerré la llave que daba paso al agua, y dejé que unas gotitas resbalasen por mi espalda antes de correr la tela húmeda y volver a sentir las baldosas en las plantas de los pies. Busqué rápidamente una toalla para que el suelo del baño no se convirtiera en una resbaladiza pista de patinaje. Me arropé con el largo paño de rizo suave, para finalizar moviéndolo energéticamente sobre mi cabeza, tronco, brazos y piernas. Me anudé la toalla en la cadera, cargué aun más el ambiente del baño con mi desodorante y salí disparado hacia mi habitación, para terminar allí de vestirme.

-¡Buenos días!- Me saludó el señor Phisrogers, el cartero del pueblo, que en ese momento se encontraba depositando propaganda y un par de facturas en el buzón metálico que teníamos al lado de la puerta.
-Hola- le salude quedamente mientras me iba poniendo los auriculares de mi MP3.
-¿Cómo te va la vida, chaval? Hacía mucho que no te veía.
-Bien, gracias- corté suavemente nuestra conversación. No tenía ni el humor ni las ganas de hablar con nadie en ese instante.
-¡Oh Patrick, cuánto tiempo! – Saludó mi abuela desde alguna parte detrás de mi espalda- ¿Qué tal estas muchacho? – Dijo, mientras me daba un suave empujoncito para que me apartase del marco de la puerta.
-¡Hola señora Ryle! ¡Qué bien la tratan los años, cada día está usted más guapa! Yo bien, gracias por preguntar, ¿y usted?
-¡Anda bribón! Pues demasiado bien, comparando como me trata el tiempo… –Rieron mi abuela y Patrick, mientras me alejaba- No vuelvas muy tarde- sugirió mi abuela
“Agh, este jovencito…” fue lo último que oí cuando apreté el Play del MP3. Seven Nation Army empezó a sonar a todo volumen, mientras me alejaba dando grandes pasos por el pavimento grisáceo, hacia donde mis pies me llevaran.

Pequeños rayos de sol asomaban detrás de los grandes chalets blanquecinos del final de la calle, junto con el piar de los varios periquitos enjaulados que la señora Evans tenía en el porche. Reí al recordar la escena que allí sucedió unos cuantos años atrás…
“El día que nos mudamos era Halloween. La esencia de mediados de otoño, el frio y el olor a pasteles de calabaza mezclados con unas voces chillonas gritando ‘¡Truco o Trato!’ invadía la pesada atmosfera de ese pueblecito acogedor y hogareño: Forwey Hills.
Quité un poco el vaho al cristal con la manga de mi jersey. Observe a un pequeño grupo de personas de la edad de Niamh, acompañados de varios adultos. Los duendecillos, superhéroes, piratas y algún par de princesas. Todos llevaban una pequeña cestita rebosante de caramelos debajo del brazo, y la felicidad pintada en aquellas inocentes sonrisas.
-¿Te gusta?- Me pregunto Meredith, interesada por lo que estaba viendo fuera del cristal.
Meredith era nuestra vecina en Seattle. Vivía en el pequeño chalet al final de nuestra antigua calle. Tenía 21 años, estudiaba Historia y Humanidades en la universidad de Harpers, y era la persona más dulce del planeta tierra. Conoció a mi abuela una tarde en la que Johnson, el viejo gato que Niamh había encontrado un par de días antes vagando por un cubo cerca del colegio, decidiera volver a su antigua vida de vagabundo. Mer lo encontró, hurgando las sobras de su contenedor. Lo trajo a nuestra antigua casa, no sin antes haberse enfrentado a él y a su arisco carácter. Mi abuela, como agradecimiento, la invitó a cenar con nosotros un viernes por la noche. Y el siguiente, y el siguiente del siguiente… Desde entonces, las noches de los viernes se convirtieron en algo especial, en la que abundaban anécdotas, chistes y algún que otro drama familiar. Meredith se convirtió en parte de nuestra familia. Ella, sus circunferencias azuladas alrededor de su pupila, sus botas de montaña beige, sus camisas de franela y su larga trenza amarronada.
-Aha- le contesté- no está mal.
Me di la vuelta, para observar su reacción. Una leve sonrisa apareció en sus comisuras, obligándolas a ir en la dirección contraria a la gravedad. Me acurruque un poco más en el asiento del copiloto. Las 3 horas largas que llevábamos surcando mares de asfalto y gravilla empezaron a hacer mella en mí. Observé a Meredith, concentrada en la carretera. Las luces de los coches que venían en dirección contraria impactaban en su añil pupila, y su trenza danzaba en su hombro derecho cada vez que giraba el volante. Mire de nuevo a la carretera, hacia aquel cielo que empezaba a oscurecer en el horizonte. Cerré los ojos un instante, y escuche la suave voz de la locutora local despidiendo su programa, al tiempo que mi subconsciente se despegaba de mi cuerpo.”

“-¡Guau Regina, me están entrando ganas de volverme a por mis cosas!- Nos dijo Mer en un susurro, que se encontraba en medio del porche admirando el interior de la nueva casa con Niamh en sus brazos. No llevábamos ni una hora cuando la pequeña cayó en los brazos de Morfeo. Observe su dulce cara, adornada con dos pegatinas de arañas en las mejillas. ‘No tenía que haber pasado por nada de esto’, me culpé.
-Te dije que era bonita- Rió mi abuela. Cogió la otra maleta que había dejado en el coche y prosiguió junto a mi hacia el segundo piso de la casa”

“ -Esta noche de Halloween será un poco más fría que las anteriores. Vientos procedentes de Canadá han entrado esta mañana por el norte del país. Se espera algo de nieve por la zona más sept….
Cambié la tele de canal. Moda, noticias, noticias, mas noticias, una serie que se estrenó hace poco… 
Decidí dejar el beisbol. Nana se encontraba con Meredith en la cocina. El olor a mantequilla derretida me abrió el apetito de inmediato. Mi abuela debía de estar preparando sus famosas galletas de azúcar y pica-pica. Mis favoritas.
-¡Abuela! ¿Necesitáis ayuda?- grité desde el salón.
-¡No, ya casi están!- me respondieron una voz dulce y jovial, mezclada con una carcomida por la edad.
Me acurruque en el sillón. Mire un rato a mí alrededor, preguntándome como seria el futuro que me esperaría en esa casa. Y pensé también en la historia de sus paredes, y de sus majestuosas vigas de roble macizo, o de esos ladrillos grisáceos y rojizos que acompañaban al fuego de la chimenea. Me estiré un poco, cuando de repente oí el sonido agudo de timbre de la puerta.
-¡James cielo, ve a abrir, que estamos ocupadas!- Me gritó Meredith.
Acepté de mala gana. Seguramente sería algún grupo de niños pidiendo caramelos, caramelos que no teníamos. Avancé hasta que toqué el pomo de la puerta y lo gire lentamente.
Y esa noche fue cuando la conocí.
Una muchacha, de mi edad, con un gran tocado indio de plumas que le llegaba hasta la estrecha cinturilla de sus vaqueros claros. Su pelo, un castaño muy muy oscuro, asomaba inocentemente entre los adornos del tocado. Observe su cara. Unas pequeñas pecas manchaban su nariz, dándole un aspecto de joven e inocente muñeca. Sonreía, haciendo que sus mejillas, marcadas por dos rayas verdes y rojas a conjunto con su disfraz, se elevaran hacia el techo del porche.
-¡Truco o trato! – Me dijo la chica con una voz suave y alegre, a la vez que elevaba una cestita naranja con forma de calabaza.
Me ruboricé. La mudanza y demás no nos dejó tiempo para montar nada. No habíamos decorado ninguna calabaza, ni nos habíamos preocupado por los disfraces o lo caramelos. Miré a la chica.
-Esque…-Y mientras pronunciaba cada silaba de aquella palabra, la alarma del horno aviso sonoramente de que la maravillosa receta de mi abuela estaba lista. Y se me ocurrió una idea.
-¿Te gustan las galletas?- Le pregunté a la desconocida que tenía delante. Sus ojos vacilaron un poco ante aquella pregunta nada típica de los amables invitados que solían abrir la puerta y llenarte la cesta de chuches y dulces.
-Me encantan las galletas- dijo ella por fin, ofreciéndome una amable sonrisa.
-Vale, genial… Ehm… ¿Me esperas un… momento?
-Claro- Y su sonrisa volvió a calarme de lleno.
-De acuerdo, es-espera aquí…
Cerré un poco la puerta, mientras la chica asentía. “Joder James, eres gilipollas” Me dije a mi mismo mientras avanzaba de nuevo hacia la cocina. Seguro que le había parecido un pringado, un idiota sin amigos que se quedaba a celebrar Halloween en su casa, con su abuela y su hermana pequeña. Y encima sin caramelos… Había empezado bien aquí…
Entre suavemente en la cocina. Mi abuela, que se encontraba fregando los resto de  la pegajosa masa que había sobrado, me miró de reojo.
-¿Quién era, cariño?- preguntó dulcemente.
-Era una chica del barrio, venía a pedir caramelos. Se me ha ocurrido que podría darle un par de galletas, si no te importa…- le dije calmadamente a mi abuela.
- ¡Claro que cielo! Coge un par y ofréceselas. Pero ten cuidado, acaban de salir del horno.
-Gracias Abuela- y cogiendo un par de dulces de la bandeja aun caliente, deposite un beso en su mejilla arrugada por el paso del tiempo.
Corrí rápidamente hacia la puerta otra vez. Cuando volví abrir, esas esferas negras me miraron de nuevo, juguetonas y dulces al mismo tiempo, mientras intentaba parecer calmado. Alargué el brazo al tiempo que ella levantaba su mano.
-Aquí tienes- le dije mientras depositaba los dos dulces colmados de azúcar y picapica en su suave mano. “Gracias” eran lo que ahora expresaban sus ojos y su suave mueca de aprecio hacia mí- Bueno… A-Adiós- me despedí, mientras comencé a cerrar suavemente la puerta.
-¿No vas a salir?
-¿Qué?- dije, volviendo a abrir la puerta nerviosamente.
-Que si no vas a salir-rió- Es Halloween.
-Ahh, es que bueno, acabamos de mudarnos y n...
-Anda, ya decía yo que no me sonaba tu cara- y me volvió a dedicar una de sus preciosas sonrisas. Y yo le sonreí al unísono- Vente, no voy con nadie. Dos son multitud.- volvió a reír- Además, si quieres puedo presentarte a los vecinos.
- ¡Me parece una idea estupenda! Mientras no volváis muy tarde, claro –Dijo Meredith a mi espalda, mientras me empujaba suavemente para que saliera fuera.
- V-Vale
-Genial- dijo la chica, mientras me ponía a su lado- Adiós- despidió a Mer, que ahora se encontraba cerrando la puerta.
-Hasta luego chicos- Respondió ella, guiñándome un ojo.
-¡Bueno, vamos!- Gritó ella, mientras salió disparada al césped grisáceo formado por cemento que eran las calles de ese pueblo.

“-Aquí teneis chicos, serviros- Nos dijo amablemente la señora Klaterbarnn. Su marcado acento Alemán contrarrestaba totalmente con sus facciones dulces y amables, haciéndola parecer más ruda. Lo poco que mi nueva amiga me había contado de ella es que se había mudado hace poco con su marido, también Alemán, y con un recién nacido, que ahora oíamos de fondo en el interior de la casa. El señor Klaterbarn grito algo inteligible para nosotros. La señora le respondió en la misma lengua desconocida.
-Lo siento, el pequeñín tiene hambre-nos dijo amablemente- Intentaré visitaros lo más pronto que pueda- Me sonrió- ¡Bueno chicos, feliz Halloween! Que os lo paséis bien, hasta la próxima.
-¡Gracias, Adiós!- Pronunciamos la chica y yo al unísono.
Nuestros pies volvieron al mar de cemento. No sé a cuantos metros nos encontrábamos ya de mi casa. Mi compañera me había llevado de aquí para allá, presentándome a los vecinos de toda mí calle, contándome todo tipo de rumores y pequeñas historias sobre ellos. Avanzamos en silencio iluminados únicamente por las escasas farolas de la calle, y por las luces que se escapaban de los resquicios de las puertas y ventanas. La banda sonora la ponían la música de las fiestas y los gritos de las personas asustadas por el zombi que acababa de salir en la escena de la película que se encontraban viendo. Y por un resorte, mi cuello se dirigió de nuevo hacia las casas, encontrándome con una cosa bastante curiosa. Jaulas.
Grades, pequeñas, de barrotes finos, más gruesos, blancas, rojas, azules… Colgadas sobre la amplia fachada de madera de una estrecha casa. No oía ningún ruido, por lo que supuse que los habitantes de aquellos pequeños edificios de metal y su dueño o dueña andaba ya en el séptimo sueño. La chica que mi acompañaba siguió sutilmente mi mirada, hasta que nos topamos mirando en el mismo punto.
-A no ser que quieras veneno, no te aconsejaría que te acercaras a la casa de la señora Evans- me susurro la chica.
-¿Y eso?- La pregunté.
-Es una bruja, con todas las letras de la palabra. No he visto nunca una persona tan odiosa como ella… Todo la molesta, todo es malo, todo tiene alguna pega, es una asquerosa, la odio.
-Tranquila, todo al final acabara volviéndose contra ella- la dije.
Una de las jaulas, verde y pequeña, se movió ligeramente en la derecha de la fachada. Un apagado canto salió del interior de la estructura. Mire a mi nueva amiga, que sonreía maliciosamente, iluminada por la luz que alumbraba la puerta de la casa.
-¿Qué pasa?- la miré extrañado. Mientras, la chica dio un paso decidido hacia las jaulas.
-Espera- Dijo ella, mientras me daba la pesada cesta llena de glucosa y colesterol. La chica avanzó hasta las jaulas, y empezó a abrir las puertecillas de las susodichas ante mi sorprendida actitud.
-¿Qué haces?- La susurré, lo más alto que pude.
Pero la chica no me oía, continuaba abriendo cerrojos y ofreciendo la libertad a las pequeñas aves que habitaban dentro. Algunas salieron, y volaron hacia el cielo, hacia su pequeño paraíso, la libertad. Otras, sin embargo, dormidas, continuaron dentro de la jaula. Y cuando mi amiga consiguió abrir por completo todas las jaulas, se giró hacia mí, y en un rápido susurro, me dijo:
-En cuanto dé una palmada, corre.
-¿Qué?- le pregunté, aun atónito, al tiempo que la chica juntaba sus manos en una sonora y fuerte palmada. Las aves, que ahora piaban como locas debido al fuerte ruido, empezaron a escapar y huir al mismo sitio donde sus compañeras se encontraban. Me quedé absorto, mientras observe cómo unos pequeños rayos de luz salían hacia el exterior. La chica me cogió del brazo, y me obligó a seguirla. “¡Corre!” me gritaba. Corrí rápidamente, agarrado al brazo de ella, con la cabeza a punto de estallarme debido a la adrenalina. Y continuamos así un par de manzanas, tres, cuatro… Hasta que los dos, jadeantes y victoriosos, nos dejamos caer encima de un verde césped, rociado por pequeñas gotas de agua. Ella rio y rio, hasta que se desplomo, como una de las plumas de su tocado, sobre la suave y natural moqueta verde. Allí nos quedamos, los dos tumbados y mirando hacia el cielo estrellado.
-Oye- Le pregunté, aun jadeante- ¿Cómo te llamas?
-Angy –Me dijo ella- Me llamo Angy.”

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