lunes, 13 de agosto de 2012

Capitulo 5, Loora


Despierta. Maldita sea, la espalda me duele de una manera horrible. Me enderezo, y entiendo porque. No estoy dormida en la mullida y aburrida cama de siempre, sino en una butaca. Intento asimilar cuales fueron las últimas imágenes que surcaron mi mente antes de caer rendida en este montón de tela y madera carcomida por los años.
Recuerdo a Sam. “¡Oh, Sam! Es verdad, le trajimos a la enfermería” Abrí los ojos por completo. Allí estaba Sam, adormecido bajo la tenuidad de una vela. Su pelo relucía ante la luz de esta, dándole un aspecto cobrizo. Sonreí. Ahora parecía un niño adormilado, soñando con la maqueta del helicóptero nuevo que su padre le traerá cuando llegue de trabajar, y que probaran juntos en la parte de atrás del jardín. O imaginando que navega por mares del color de los zafiros. O pisando la superficie lunar, al grito de “¡Houston, no hay ningún problema!”
Reí. “El seguramente soñó con eso de pequeño”, dije para mis adentros, al tiempo que la envidia se hacia un huequecito al lado de las imágenes tiernas de mi cabeza. Si, envidia sana. Me lo imagino volviendo hacia el mundo real, despedazándose de los resto de pereza al acabar de levantarse y pensando: “Valla, que sueño más raro”. Y en ese momento se levantaría de la cama de un salto, cogería ropa limpia y se dispondría a darse una ducha. Y después de aquella bruma energizante bajaría a la cocina, donde le esperaría su padre, su madre, ¿Quizá algún hermano? Posiblemente, mientras desayunan tranquilamente comentando como les ira el día.
“Chico afortunado”. “Del montón” diría la gente normal. Olvidaba que yo no estaba incluida en ese grupo de personas.
Mi infancia, por llamarla de alguna manera, se reducía a despertarme todos los días y ver el blanco y tosco techo del orfanato para chicas de Hopeland. “El que escribió el nombre debía de tener el día bromista” sugirió mi subconsciente. Dormía en una incómoda cama de barrotes rojos, rellena por una sabana de color crudo. A los pies de esta colgaba un cartelito sujeto por dos pequeñas cuerdecitas en la barra rojiza. Recuerdo que las noches en las que no podía dormir me gustaba pegarle pataditas y ver como se giraba para acto seguido leer mi nombre: “Loora”
Me gustaba. Me sentía diferente. “No, no era Marie, con esas rubias trenzas de adorno a los iris del color del ópalo. Y tampoco era Helen, con una melenita y sonrisa dulce que derretía a cualquier mujer adulta. No. Yo era Loora. La pequeña niña de pelo negro, con la tez pálida y de perspicaces ojos a la que le gustaría vivir en una casa sin tejado para poder admirar el cielo a todas horas e ir dibujando siluetas en las nubes. Y cada vez que lloviera, sentir los regueros que formaba  los cristales de lluvia en todo el cuerpo. Y tener un caballo, no un unicornio rosa y morado con más purpurina que los polvos de Campanilla, no. Quería un pura sangre, un caballo fuerte y que no se agotara nunca, que pudiera andar velozmente sobre dunas, guijarros y cualquier cosa que se pusiera bajo sus amenazantes patas. Y vivir aventuras y aventuras… El resto de las chicas anhelaba ser princesa, vivir en una gran torre de piedra y mármol, custodiadas por un terrible dragón y esperando a que su príncipe encantador/Ken de la Barbie menos afeminado y con unos cuantos asteroides de más derrotara aquel terrible monstruo y subiera por las escaleras, abriera la puerta de par en par, y diciendo a su princesa que ya estaría a salvo, y que por qué no, ya que están, casarse y comer perdices felizmente el resto de su vida. Si, asqueroso.”
Recordar todo esto me producía náuseas. “No, Loora tampoco era de ese tipo de chicas.  Loora seria princesa, por supuesto. Pero no así. Loora derrotaría al monstruo, se llevaría su cabeza como trofeo. Llegaría al castillo donde viven sus padres, o los pobres reyes que han encerrado a su hijita en una torre alta para que no vea el mundo, no conozca nada. Y que encima te lleven un tipo medio majara, luchando con una bestia, que no te ha visto en toda su vida pero que pelea por tener un estatus soc…. Perdón, por estar a tu lado. Y porque te quiere, muchísimo, a ti y a tus billetes. Pero oye, mama y papá lo hacen porque se preocupan por ti, tú tranquila. Pero no, a mi no me tranquilizaría, me plantaría enfrente de ellos y les diría: “Buenos días. Vengo a por mi libertad. Gracias y adiós” Y conseguiría un caballo, si, uno negro. Iría galopando a su lomo por el prado teñido de verde y salpicado de amapolas. El viento rozaría mi cara, y yo sonreiría gloriosa, y me diría a mi misma: -Buen trabajo Loora, estas lista para comerte el mundo cada mañana”
Sonrió al recordar todo esto. “Si, puedes comerte el mundo, pero también puedes atragantarte con el…”
Y sigo recordando a la pequeña muchacha llena adrenalina, lista para vivir aventuras cada mañana. Recuerdo todos los días en aquel lugar, siempre dando clase a la misma hora, vestidas con aquel pichi verde marengo y un polo blanco. Aprendiendo nuevas cosas con la misma profesora de siempre, y sentada en aquella silla de madera, esperando impaciente a que sonara el timbre para “bajar al patio”. Y ahí es cuando yo salía deprisa, y me escondía detrás de una columna, esperando a que el resto de la clase bajara. Y cuando no quedaba ni un alma, corría hacia mi habitación, cogía la manta de mi cama  y me la anudaba al cuello mientras bajaba tozudamente hacia el aula. Y allí estaba yo, haciendo que planeaba entra las mesas,  corriendo de un lado a otro, y notando que mientras cogía velocidad, la manta se separaba poco a poco de mi espalda. Me sentía bien ¿Qué narices? Me sentía como Superman. Y reía y reía sin parar. Era mi pequeño secreto.
Pero esa felicidad fue efímera. Y la vida me enseño a madurar, a base de golpes bajos.
Recuerdo las reuniones, en las que un hombre y una mujer mayores, felizmente recién casados y a punto de empezar una nueva vida juntos, nos observaban de reojo con una sonrisa en la cara. Algunos bromeaban y decían: “¿De verdad que solo podemos llevarnos una?”, mientras aquella pareja reía sin parar. Me gustaban sus risas. Me imaginaba en navidad, con aquella familia esperando ansiosa abrir los regalos mientras ellos dibujaban una sonrisa al compás de la mía. Y claro, llegaba el momento de elegir a la candidata, la nueva señorita, la nueva incorporación a la familia.  Y empezaban a andar, enfrente de aquella fila montada por unas pequeñas niñas en perfecta posición. Y llegaba el momento, pasaban delante de mí, mi respiración  se entrecortaba y notaba como aquellos señores… seguían andando con el paso al frente, hasta parase  frente a una niña como Marie, o como Helen. Siempre me preguntaba porque no se paraban delante de mí, y mi corazón decía que era porque no eran los adecuados. Así pasaron unos meses, cada semana la misma historia. Pero un día, lo recuerdo perfectamente, un joven de pelo dorado y ojos marrones, acompañado por su mujer, una bella joven de pelo castaño y ojos azules del color del cielo, entraron en nuestra sala de reuniones.
La dulce pareja nos sonreía, y un gesto tierno se aparecía por su cara cada vez que nos miraban. Y entonces empezó el angustioso y lento paseo frente a nuestra fila.
Me habían hecho una trenza hacia un lado. No me gustaba nada. Mi pelo se salía entre los cabos de aquel peinado. Empecé  a peinarla despacio hacia abajo, intentando que quedara más en su sitio, cuando de repente miré hacia arriba y me encontré con esos ojos lascivos mirándome.
El joven, de la mano con su mujer, y andando lentamente, escrutaba con sus ojos lo que estaba haciendo. Al ver que yo le miraba, empezó a sonreír, y mi sangre se congeló, formando unos puntiagudos cristales debajo de mi piel, y haciéndome sentir un leve hormigueo. Y mientras aquel hombre seguía con su mirada sosteniendo la mía andando lentamente, el tiempo y todo lo que había a nuestro alrededor se congelo, al igual que mi sangre.
Mi mente empezó a trabajar por mí. Vi a ese hombre, volviendo del trabajo, esperándome para que le abrazara. Le vi también en halloween, dibujando caras espeluznantes en aquellas calabazas. Y por mi cumpleaños, esperando a ver como su hijita abre y juega con su nueva Barbie. También le vi leyéndome un cuento, dándome las buenas noches junto a un fugaz beso plantado en mi frente.
Vi esas imágenes y me sentí feliz, muy feliz. Y el tiempo comenzó otra vez a acelerar, y yo empecé a mirar a aquel hombre con una sonrisa de oreja a oreja que casi me parte la cara en dos. Empezaron a avanzar, y el hombre no dejaba de mirarme.” Por fin”, pensé. Pero de repente, su mujer, que iba justo detrás de él, empezó a tirar de su antebrazo, haciendo que mi futuro padre se girase en su dirección.
Y allí se repetía la misma historia, se plantaban enfrente de una niña como Marie y como Helen, empezaban a jugar y a hablar con ella, provocando que a la pequeña se le escaparan leves sonrisitas de felicidad. Y a partir de ahí quedaban inocentemente hechizados, cogían a su nueva adquisición en volandas y la llevaban lejos de aquí, hacia la libertad. Y como no, yo me quedaba paralizada. Mi corazón lloraba y se quedaba sumido en tinieblas… “Estuvo muy cerca, ¿Por qué, porque?” Le oía decir entre sollozos. Y esta vez, el que se pronuncio fue mi cerebro: “Ellas son mejores que tu, idiota”
Y a partir de ahí empezó la agonía. Pase de estar con las niñas de 6 años, a las de 7, 8 y así sucesivamente hasta los 16. Todos los días eran iguales. Lo único que cambio fue mi pequeño secreto, ya no me gustaba ser una heroína que deambulaba entre mesas de madera salvando a pequeñas figuritas de plástico. No. Ahora a Loora le gustaría tener a unos padres atentos, que la esperasen al volver a casa con los brazos abiertos, que la regañaran por una par de suspensos. Ese era su sueño ahora.
Y el tiempo pasó volando, y el viento se llevo las esperanzas. Pero entonces sucedió.
Me desperté en aquel extraño mundo, asustada. No tenía ni idea de que era aquello. Y encontré a Myrna y a James. Y automáticamente la tormenta dio paso a un maravilloso cielo azul, desteñido con pequeñas y esponjosas nubes blancas, y coronado por un maravilloso arcoíris. Ellos son todo lo que tengo, a lo que de verdad puedo llamar familia.
Myrna me enseño lo referente a las armas y a como proseguir mi don. Y una tarde, en la que James, aquel chico rubio y callado que me miraba con un iris violáceo y protector, lo descubrí. Vi a James, junto a mí en un prado con una suave hierba llena de rocío. Y también me vi, apoyada en su pecho disfrutando de la apacible brisa rozando mi cara y riendo como una niña pequeña. Me veía feliz a su lado… cuando las imágenes desaparecieron de mi cabeza. No, no eran imaginaciones. Me asuste, porque parecía como si hubieran conectado un proyector en mi cerebro. Y las visiones seguían y seguían caminando entre los nubarrones negros de mi subconsciente.
Asustada, se lo confesé a Myrna. Me explico que ese era mi don, ver el futuro. Poco a poco empecé a aceptarlo y ver como las imágenes que mi cerebro construía tomaban forma en la realidad. Y me asuste, mucho.
También se lo confesé a James. Me hablo de su don, de todo lo que él había pasado hasta llegar aquí. Me atreví a abrirme, y me confesé. Le conté mi vida, literalmente. Y por un ápice de segundo, el confió también en mi, y me conto los 16 años que llevaba en el mundo real.
A raíz de entonces, James empezó a abrirse y a mostrarse menos rudo. Se fue convirtiendo poco a poco en mi amigo, en alguien importante para mí. Hasta que mi primera visión se cumplió, y a partir de entonces no le veía como un verdadero amigo. Sino como algo más. Y una noche, frente al porche del establo, James tomo mi mano y me llevo bosque adentro. Gritando jubiloso que tenía una sorpresa para mí.
Mientras galopaba esta mañana, su yegua se aparto del camino, estaba cansada. James intento llevarla a través del bosque, haber si con suerte encontraban un pequeño charco. Y descubrió la maravillosa laguna que en ese momento se encontraba delante de nosotros.
“¿No es preciosa?” Oí decir a James a mi espalda. Asentí, y me gire suavemente para disfrutar su cara de perplejidad. Pero la que cayó perpleja y asombrada fui yo.
Ahí estaba el, con sus cabellos dorados cayéndole levemente y perfilando las suaves líneas de su rostro, con una grácil sonrisa dibujada en aquella hermosa boca. Y sus ojos. Dios mío. Las luciérnagas hacían brillar etéreamente pequeñas motitas brillantes en el fondo azulado de su iris.
Una fuerte sensación nerviosa sacudió mi estomago. No podía resistirme más, me era imposible. Avancé hacia su posición, me quede quieta enfrente de él. Elevé lenta y dulcemente la cabeza hacia delante, mire por última vez aquellas galaxias encerradas en bolas de cristal que se encontraban en las cuencas de sus ojos, y pose mis labios con los suyos...
Notaba como las lágrimas me resbalaban en ese momento por las mejillas. Acallé mis sollozos para no despertar a Sam. Esos fueron tiempos felices, muy felices. Ahora sinceramente, no sé qué sucedía con James. Algo rondaba mi cabeza y me impedía pensar con claridad.
Y me pregunte a mi misma que si aquella cosa que me impedía pensar con claridad era el chico de cabellos cobrizos que se encontraba delante de mí.

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